Bajo el epígrafe Aplauso por los trabajadores de la salud, hay ya en Wikipedia un artículo dedicado a lo que los españoles hacemos cada día a las ocho de la tarde: salir al balcón y batir palmas en agradecimiento a los sanitarios que nos libran de la Covid-19. En dicho artículo me entero de que este homenaje, al igual que el virus, procede de Wuhan. Allí empezaron a rendirlo al grito de “echa aceite”, que significa algo así como “mantén la lucha”. Luego llegó a los balcones italianos. Y de ahí saltó a los españoles, donde todavía sigue. Aunque no con el inicial grado de intensidad y armonía.
Aplaudir, como todos sabemos, es dar palmadas en señal de aprobación, admiración o adhesión. A los españoles nos encanta aplaudir, ya sea tras una ópera, un partido de fútbol o un mitin. Pero en pleno zafarrancho del coronavirus no ha habido personal más digno de aplauso que el sanitario. Algunos cicateros dirán que se han limitado a cumplir con su deber. Pero es de justicia recordar que lo han hecho con un alto grado de valentía,  entrega y cariño, cubriendo de paso las carencias de una sanidad pública recortada.
El aplauso es goloso. Enseguida se dedicó también, además de a los sanitarios, a las cajeras de supermercado, los transportistas, los repartidores, los policías, los bomberos y demás profesionales activos en pleno confinamiento. Luego aparecieron en los balcones cantantes, músicos y disc jockeys para rematar las ovaciones y, llegado el caso, recoger su cuota de aplausos. Entretanto, en los hospitales, los propios sanitarios aplaudieron a los enfermos recuperados, que ellos mismos habían arrancado de las garras de la muerte. El aplauso, ya se ve, tiene también algo de contagioso. Y algo de adictivo. Cuando le preguntaron al longevo cómico Bob Hope, ya con 86 años, por qué no se jubilaba de una vez  y dedicaba sus días de ocio a la pesca, contestó: “Los peces no aplauden”.
Pasan las semanas de confinamiento –ya estamos en la séptima– y siguen las ovaciones cada tarde, quizás ahora menos cerradas,  y ya con notas disonantes. En los últimos días se han publicado cartas de sanitarios rechazando estos aplausos, por considerar que el modo en que se inició el desconfinamiento, el domingo 26 de abril, fue imprudente y peligroso. La reprimenda, dirigida a niños y padres que no guardaron la preceptiva distancia social, venía a decir: no aplaudáis tanto y portaros mejor. Obras son amores.
¿De quién son los aplausos? ¿De quien los da o de quien los recibe? ¿Está bien rechazarlos? Yo diría que no está bien, sobre todo si se hace de manera airada. Pero también diría, y en eso estoy acuerdo con alguno de sus críticos, que aplaudir cada día tiene una utilidad práctica limitada. Quizás tendría más sentido, cuando lleguen las próximas elecciones, votar por aquellas formaciones que defienden una sanidad pública dignamente dotada.

(Publicado en "La Vanguardia" el 4 de mayo de 2020)