Los imprecisos

21.12.2014 | Opinión

Pasan los años y sigo consultando el diccionario. Quizás ahora más que antes. Lo hago para cerciorarme de que la palabra que voy a escribir expresa con precisión lo que quiero decir, por prurito profesional y por cortesía hacia el lector. Lo hago, también, para aprender en esas inagotables minas de conocimiento que nos legaron María Moliner, Joan Coromines y otros sabios benefactores.

Debido a este afán de claridad, de exactitud, me irritan las imprecisiones de nuestros líderes. Por ejemplo la del difunto Emilio Botín, que hace cosa de un año sentenció desde Nueva York que España estaba viviendo un momento fantástico porque llegaba aquí dinero de todas partes y para todo. La declaración del presidente del Santander hubiera sido irreprochable sustituyendo “España” por “ciertos círculos financieros españoles”; o detallando que el dinero llegaba para dar vidilla a la Bolsa, la deuda pública y las inversiones directas, en lugar de decir que nos alcanzaba “para todo”. A mí aquella declaración me pareció una grosería, una prueba de descuido verbal. Pero a los que estaban a dos velas les sentó como una afrenta con recochineo.

En la misma línea (discursiva) del banquero, Mariano Rajoy anunció la semana pasada que la crisis ya era historia. Y, sin miedo al pleonasmo, añadió que era “historia del pasado”. Este detalle me inquietó, porque de él se infiere que el presidente tiene poderes y conoce también una historia del futuro, lo que le convierte en un raro ejemplar de miope vidente. Pero, sobre todo, me pareció ofensiva para los que siguen sin blanca a consecuencia de la maldita crisis. Quizás incluso se lo pareció al propio Rajoy, que el martes matizó que la crisis era historia, “pero no sus secuelas”. He aquí una puntualización que le honra. Porque una cosa es que el año que viene España crezca al 2%, y otra muy distinta que vayan a desaparecer los niños demagogos que tienen la ocurrencia de pedirle a los Reyes Magos un plato de macarrones.

Tampoco estuvo afortunada María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, al manifestar que “la misma corrupción que puede haber en un partido político la hay en la sociedad en general”. Porque la corrupción que hay en un partido –el suyo, sin ir más lejos– se concreta ya en un rosario de casos, imputaciones y encarcelamientos bien descriptibles. También la hay, cierto es, en la sociedad. Pero la dirigente popular nunca debiera haber añadido ese “en general”. Porque no todos los españoles son delincuentes, por más que Cospedal trate de diluir la gravedad de las fechorías de muchos de los suyos en una hipotética fechoría colectiva, y que acuse injustamente a toda la ciudadanía. Conviene insistir: no todos los españoles son corruptos, como no lo son todos los del Partido Popular. A unos y a otros, Cospedal les debe todavía hoy una disculpa. Y, en adelante, mayor precisión al abrir la boca. O, en su defecto, aprender a callarse.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 21 de diciembre de 2014)