A Andalucía le cabrá el dudoso honor de haber sido la primera comunidad que aceptó en su Parlamento a diputados de Vox. Treinta y seis años después de que Blas Piñar, líder de Fuerza Nueva, perdiera su escaño, la extrema derecha vuelve a representar oficialmente a parte de los españoles. Una extrema derecha que en público ha sustituido el perfil franquista por un ideario antiautonomista, antiinmigratorio, antiigualitario, antiliberal y antifeminista. Y que espera progresar en las  autonómicas, europeas y municipales de mayo.  O en las generales, si se avanzan.
La reacción de los partidos constitucionalistas ante este ascenso de Vox ha sido miope y decepcionante. Su primer impulso fue echarse mutuamente las culpas, con argumentos párvulos, meros residuos  del habitual “y tú más”. Según Susana Díaz, artífice directa del batacazo del PSOE en Andalucía (e indirecta de la lepenización de sus electores que  votaron a Vox), la responsabilidad no es suya, sino de la política de distensión con el independentismo de Pedro Sánchez. Lo cual es, como poco, un error: algo tendrá que ver en su retroceso que, tras 36 años de gobierno socialista, Andalucía tenga un  fracaso escolar del 23% y un 23% de paro (40% en el juvenil). Para Puigdemont, que ocupa sus ocios en Waterloo armando si­logismos defectuosos, el PSOE sería el responsable del desaguisado andaluz por haber coincidido con Vox en el rechazo al independentismo. Y tampoco para el PP y Ciudadanos el PSOE es inocente, pese a que ambos partidos conservadores han beneficiado a Vox al escorarse hacia su posición, han piropeado a su líder Abascal (caso de Casado o Aznar) y aún barajan alianzas con la ultraderecha.
Estas y otras argumentaciones son de un rigor intelectual averiado, sólo apto para militantes atrapados por su doctrina. Si todos aquellos que se dicen demócratas aspiran de veras a que el avance de Vox en Andalucía sea una excepción, lo primero que deberían hacer es olvidarse de las consignas sobadas y afinar el análisis. El éxito de Vox tiene responsables entre nosotros, por supuesto. Pero no son los principales los que Díaz, Casado, Rivera o Puigdemont señalan con el dedo.
El primer y mayor culpable del avance de Vox es el propio Vox: un proyecto político basado en ideas reaccionarias, de oscura financiación, entre cuyos cómplices destaca la ultraderecha europea. El segundo grupo de culpables lo forman esos 395.978 andaluces que le han confiado su voto. Por mucho que se enquisten los problemas estructurales, por incierto que sea el futuro, por mucho que arrecie la corrección política, dar el voto a Vox es una insensatez. No se puede apoyar a quienes proponen cargarse los avances sociales y políticos de los últimos cuarenta años. Y, ya puestos a atribuir responsabilidades, no es de recibo que el 41,3% de los andaluces se abstuvieran de votar. También ellos dieron, por pasiva, alas a Vox.
Hay un tercer grupo de culpables, y en ese todos tenemos parte de responsabilidad. Porque el progreso de Vox es una expresión de las carencias o incapacidades de la democracia constitucional cuyo cuarenta aniversario festejamos ahora. Es cierto que nos ha dado el mayor periodo de progreso y libertad de la historia de España, y que pese a sus limitaciones indica el camino que seguir. Pero también lo es que arrastra demasiados fallos en materia de educación. El uso que se hace de las redes y la tradicional estulticia no ayudan, pero algo más serio falla en el sistema educativo cuando Vox obtiene escaños.
Hay un cuarto y último culpable del avance de Vox, acaso el más peligroso de todos: la corriente populista que recorre el mundo a lomos de la mentira institucionalizada, la exaltación de las emociones y la creciente abulia ciudadana, minando la democracia, la Unión Europea y sus valores. Trump, el Brexit, el auge de las formaciones ultradere­chistas y los movimientos independentistas son fenómenos diversos, pero coincidentes en el tiempo y en su error de base: priorizar los sentimientos nacionales cuando los problemas más graves, empezando por la desigualdad y por el cambio climático, son globales y exigen respuesta inmediata y coordinada. Como lo exige ese progresivo atontamiento de parte de la ciudadanía que parece ignorar el papel de quienes desde el poder manipulan las redes para defender sus intereses particulares.
En las últimas semanas he mencionado ya dos veces en otros artículos el libro El camino hacia la no libertad (Galaxia Gutenberg), del historiador estadounidense Timothy Snyder. Hoy lo hago por tercera vez, con la recomendación de que lo lean cuanto antes. Como decía Justo Barranco en la entrevista con Snyder que publicó La Vanguardia el martes, esta obra tiene algo de novela de terror. Pero, sobre todo, es una minuciosa crónica de cómo ha contribuido el régimen ruso de Putin a sustituir la verdad por la mentira y, así, desestabilizar a Europa: una documentada revelación sobre lo más grave y alarmante que está ocurriendo en nuestra sociedad global y va a determinar nuestro futuro y el de nuestros hijos. Algo distinto, dicho sea de paso, de lo que nos cuenta continuamente la televisión pública catalana en sus informativos.

(Publicado en "La Vanguardia" el 9 de diciembre de 2018)