A veces pienso que el estado de las autonomías me lo inventé yo.
–¡¿O sea que fuiste tú?!
–¡Eh! ¡Alto ahí! ¡No disparen! Además, no lo hice yo solo, sino junto a unos compañeros de la universidad.
Es verdad que en 1976 Adolfo Suárez pronunció en Barcelona un discurso que anticipaba esa configuración territorial. Que en 1977 Josep Tarradellas tomó posesión como presidente de la Generalitat. Que la Constitución de 1978, al reconocer los derechos de regiones y nacionalidades españolas, abrió el camino al actual puzzle de diecisiete autonomías... Pero antes de todo eso, en 1974, diez estudiantes de periodismo de la UAB, procedentes de muy diversos lugares de España, nos reuníamos regularmente en el piso de Gràcia alquilado por uno de ellos. Allí, además de preparar trabajos y arreglar el mundo, tuve ocasión de ver de cerca a gallegos, castellanos, navarros o andaluces. De tratarlos y de congeniar con ellos. Con Xosé Ramón, con Agustín, con Ángel, con Diego...
En aquel piso –donde residía el gallego– descubrimos las empanadas de lamprea y el licor café casero. Nos sorprendimos –vivíamos en una nube– de que el castellano se financiara la estancia en Barcelona trabajando de albañil media jornada. Y de que el navarro –cuya veteranía le cualificaba para ingresar en la tuna– definiera como “mi oficina” el  vecino bar La Parra. Vaya, que nos dimos cuenta de que éramos distintos. Pero no tanto. En verano, a bordo del Dyane 6 de mi amigo Juanjo, que nos dejó en el 2017, visitamos a algunos de ellos en sus lares. Luego, tras licenciarnos, cada uno regresó definitivamente a ellos. Pero no nos olvidamos. A varios incluso volví a verles de tarde en tarde.
En estos días de confinamiento e incertidumbre he recibido mensajes de texto de la mayoría de ellos, interesándose por mí y por mi familia. Ya me escribieron en el 2017, cuando el independentismo y el Estado navegaban con rumbo de colisión. Temían entonces que los estragos que el amor a la patria había causado previamente en el País Vasco pudieran reproducirse de alguna manera por aquí. Y por ello me mandaron sus palabras, cargadas de incredulidad ante lo que sucedía, pero sobre todo de cariño y solidaridad.
Sus mensajes de ahora son breves. Se limitan a dar noticia de cómo están y a desear que en casa estemos bien. Al igual que ellos, otros amigos y amigas de distintas épocas y ámbitos, que tomaron caminos divergentes y de los que hace mucho que no sabemos, reaparecen estos días en nuestros teléfonos, con mensajes que reflejan afectos particulares ante un horizonte de susto colectivo. Son mensajes sencillos pero reconfortantes, prueba de unas amistades inoxidables, con las que no puede el tiempo ni la distancia. Ni mucho menos la Covid-19, que lejos de perjudicarlas las fortalece. Son los amigos de lejos. Y los sentimos muy cercanos.

(Publicado en "La Vanguardia" el 13 de abril de 2020)