Cada año, en diciembre, The Economist publica un nú­mero especial en el que trata de anticipar lo que nos deparará el año venidero. El número dedicado al 2021 incluye, en la página 84, una nota sobre las predicciones que para el 2020 hizo doce meses atrás. Se ­titula “A propósito del año pasado… ejem” y admite sin circunloquios que “no lo vimos venir”. ­Porque en su lista de predicciones para el 2020 no figuraba el coronavirus, que ha tenido tremendas consecuencias para la salud y la economía, ha protagonizado el año pasado, cambiando nuestras vidas en tantos aspectos, y sigue campando a sus anchas. “El año que viene –admite el director del semanario británico, re­firiéndose al 2021– promete ser par­ticularmente impredecible, dadas las interacciones entre la pandemia, una recuperación económica desigual y una geopolítica conflictiva”.
Predecir tiene que ver con suponer, conjeturar o vaticinar lo que va a pasar en el futuro. Puede hacerse sobre una base empírica, con un margen de error relativamente controlable. O puede hacerse a la manera de los augures y los visionarios, con más jeta que dotes para la observación o el análisis estadístico, y entonces ese margen de error se ensancha considerablemente. Lo impredecible es, por el contrario, aquello que escapa en cualquier caso a presagios o profecías; aquello que define un futuro envuelto en una densa niebla, hacia el que avanzamos sin luces ni brújula.
¿Es esa oscuridad refractaria a cualquier pronóstico la que va a distinguir el año recién inaugurado? Quizás no haya para tanto. A escala global, podemos prever que el 2021 vendrá marcado por la esperanzada campaña de vacunación contra la covid, aunque ahora mismo se haga difícil aventurar su alcance y efectividad, por no hablar de la capacidad del virus para mutar y multiplicarse. Y podemos prever también que Joe Biden, el nuevo presidente norteamericano, tratará de devolver una mínima sensatez a la política de EE.UU.; que China seguirá musculándose, y que Europa intentará reponerse de la amputación del Brexit y contener los populismos que vienen del Este (y de regiones más cercanas).
A escala española podemos pronosticar, en el mejor de los casos, una lenta recuperación económica, siempre que los sucesivos rebrotes del virus no sigan paralizando la actividad; por ejemplo, en el sector del turismo, que supone el 12% del PIB y pronto llevará un año congelado y tiritando. Quizás quepa también augurar que derecha e izquierda seguirán prefiriendo marcar perfil propio y acusarse mutuamente de todo lo imaginable, ya sea presente, pasado o futuro, en lugar de remar con el mismo ritmo y rumbo en este océano pandémico en el que las oleadas estacionales han dejado paso a un peligroso mar confuso, en continua agitación y con sucesivos repuntes. Al parecer, nuestros mandatarios en el Gobierno, y sobre todo en las filas de la oposición, no dan para más. Es lo que hay.
Entre tanto, en Catalunya, donde la política sigue sometida al dictado del activismo, y donde la redefinición del marco político parece ser para muchos el objetivo prioritario, por delante incluso de la resolución de los problemas acuciantes de todos conocidos, no parece que las elecciones del 14-F vayan a traer giros copernicanos. Si hemos de fiarnos de las encuestas de la propia Generalitat, el bloque independentista y el no independentista van a mantener, con pequeños avances o retrocesos, sus posiciones. Existe el peligro, por tanto, de que el país siga empantanado en su definición identitaria, dirigido por soñadores y malgastando donde no debe unas energías cada día más reducidas, para desgracia de todos los catalanes y contento de vecinos y competidores.
¿Les parece excesivamente pesimista o sombrío el párrafo anterior? No se preocupen. Si se equivoca The Economist, también yo puedo equivocarme. Diré más: sería el primero en celebrarlo. Pero mi pronóstico se deriva de la observación de la realidad y tiene alguna posibilidad de verse confirmado por los hechos. Puede ser desbordado, eso sí, por la llegada de nuevos actores o fenómenos que irrumpan en la escena de modo inesperado y lo pongan todo patas arriba, como hizo la covid el año pasado; o más aún. Pero, si eso no ocurriera, basta con que quienes lleven las riendas del país sigan la pauta y el ejemplo de sus antecesores para anticipar que no vamos a levantar cabeza. Eso ya es hoy, día 3 de enero de 2021, perfectamente predecible. Y seguirá siéndolo si ese 90% de catalanes que cree –según el Institut de Ciències Polítiques i Socials– que el proyecto soberanista no nos llevará a la independencia continúa votando, yo diría que de modo incoherente, a quienes nos han llevado a un callejón cuya salida no aciertan a encontrar.

(Publicado en "La Vanguardia" el 3 de enero de 2021)