Pido disculpas de antemano a los seguidores de ERC por lo que voy a hacer ahora: situar a su líder Junqueras al lado de la dirigente ultraderechista francesa Le Pen. Diré en mi descargo que no lo hago con ánimo comparativo, sino cumulativo. Me explico. Durante la campaña del 28-A, y en días consecutivos, leí entrevistas con ambos líderes, tituladas “Creo que la independencia es inevitable” y “Vox se ha vuelto ineludible”. Fueron dos afirmaciones semejantes que introducían un factor determinista en el proceso electoral. Como si tales objetivos o movimientos políticos estuvieran propulsados por una fuerza imparable, ante la que la voluntad popular ya no cuenta.
Decimos que algo es inevitable cuando va a ocurrir sí o sí, nos guste o no, forzosamente. Y decimos que algo es ineludible cuando no se puede sortear. A Junqueras y Le Pen quizás les parezca que con sus declaraciones dan un empujón a su causa o a la de sus socios. Pero no creo que la mejor manera de impulsar una idea política partidista sea presentarla al mundo como inevitable o ineludible. Eso puede valer para insuflar moral a la tropa en días difíciles, dándole a entender que no hay otra posibilidad más que la victoria. Pero, aún así, acarrea inconvenientes. Puede tener, por ejemplo, un efecto desmovilizador. ¿Cómo convencerán los líderes, siempre clarividentes, a los militantes de que luchen por aquello que acabará cayendo como fruta madura? Y si pueden tener un efecto desmovilizador entre los fieles, acaso tales palabras sean peor recibidas por los rivales, que ya no verán asomar en ellas el determinismo, al fin y al cabo una doctrina filosófica, relacionada con las causas y su concatenación, sino el fatalismo, que somete el libre albedrío de los humanos a un destino ya escrito e inalterable. ¿A quién le apetece vivir ante este horizonte cerrado, admitiendo que su esfuerzo vital va a ser vano?
Por desgracia, ni las causas que suscitan un aprecio generalizado son inevitables o ineludibles. ¿Por qué deberían serlo las que nos hacen retroceder o nos dividen? Si dijera ahora que este artículo es de lectura obligada y contenido inapelable estaría haciendo una afirmación opinable. Puedo defender que lo inspira un afán de precisión y claridad sobre la campaña. Pero sólo eso. Es una modesta, incompleta y rebatible proposición, como la mayoría de las humanas.
Ineludible e inevitable son adjetivos mayores. No hace falta ser Cicerón para saber que sólo pueden aplicarse, con propiedad, a la muerte y, si no median suicidios, al envejecimiento. Y ya está. En la lucha electoral los candidatos derrochan voz y soflamas, como si la vida les fuera en ello. Pero sería mejor (y dentro de unos años podrían revisar su pasado con menor sonrojo), si recordaran que las exageraciones son hijas de las carencias y no siempre madres de futuras realidades. Por más que estas últimas se vendan como ineludibles e inevitables. 

(Publicado en "La Vanguardia" el 5 de mayo de 2019)