La idea de confinamiento está asociada a las de límite y restricción. Vivir confinado en casa obliga a elegir. Hay que organizar una nueva rutina. Hay que planificar las compras. Hay que saber qué es lo esencial, lo importante. Antes de encerrarse, los españoles acapararon papel de váter. Luego, una vez enjaulados, colmadas ya de celulosa las alacenas, prefirieron invertir en cerveza, patatas fritas, aceitunas, anchoas, chocolate y vino. Esos son los productos cuya venta se ha disparado. Lo esencial en el confinamiento, después de no pillar el bicho, sería darse pequeñas satisfacciones que lo hagan más llevadero.
A los políticos también les gusta la cerveza. Pero más les gusta el poder. Por eso se despedazan para alcanzarlo. Y para conservarlo. Aunque el coronavirus, que todo lo altera, podría estar cambiando también eso. En unos casos más que en otros, claro.
Con la economía saneada, Donald Trump encaraba hace un mes las presidenciales de noviembre como favorito. Ahora, en dos semanas, ha sumado seis millones de nuevos desempleados, y las proyecciones más pesimistas vaticinan un 30% de paro en Estados Unidos. Las caídas del PIB son ahora allí las mayores desde la posguerra. El lema “Hagamos que América vuelva a ser grande” parece hoy una broma de mal gusto. Se rumorea que Trump estudia aplazar las elecciones. Lo haría escudándose en los peligros del virus, pero acaso pensando que le sería más fácil ganarlas después. Y sin reparar en que gestionar la calamidad económica derivada del coronavirus va a ser un suplicio para cualquier gobernante. Incluso para un ególatra redomado como él.
En España la gobernanza posvirus tampoco será fácil. Ahora se están concediendo ayudas públicas a porrillo, más de las disponibles y más de las que se pueden pagar en el plazo anunciado. A autónomos, a pequeñas empresas, a medianas empresas. No hay sector que no las reclame. También se piden exenciones de tasas y de pagos a la Seguridad Social. Y todo eso habrá que pagarlo con dinero público, que es el que los ciudadanos tributamos. Cosa difícil, porque va a caer la recaudación fiscal. Y si no alcanza con el dinero de nuestro bolsillo, habrá quizás que pedir prestado en Europa, y eso les daría a los vecinos del norte el control de nuestras cuentas. ¿A quién le apetecerá simular que gobierna España mientras Berlín mueve los hilos, racaneando cervecitas para aliviar las ­penurias?
Algo similar pasa en nuestra pequeña aldea. Llevamos meses mareando la perdiz respecto a la fecha idónea para las elecciones catalanas. A los de Puigdemont les convenía una. A los de Junqueras, otra. Y, de repente, nadie parece tener prisa. Porque lo importante sería vencer al coronavirus, claro. Y porque cuando toque pagar sus facturas no habrá Govern que salga con bien del envite. Quienes se queden en la oposición tendrán munición para disparar a mansalva. Todos estaremos más tiesos, querremos una mejor sanidad pública y criticaremos al muy honorable de turno.
Ese será, pues, otro rasgo dominante de la sociedad que sobreviva al coronavirus: una pugna más agria entre los que mandan y los que quieren mandar… A no ser que unos y otros se den cuenta de que lo esencial y prioritario para todos sus votantes es, en estos tiempos de alarma colectiva, unir fuerzas por encima de credos políticos, para salir con vida de la emergencia sanitaria, y luego, de la económica.
Conociendo el percal, ya sé que soñar esa unión es como delirar. Pero no porque carezca de lógica, sino porque las ambiciones particulares de tantos políticos parecen hacerles postergar las urgencias colectivas. Estamos, como quizás nunca antes, ante un problema con afectación global. En China, la fábrica del mundo, la producción industrial cayó un 13,5% de enero a febrero. Sobre lo que está ocurriendo aquí no hace falta añadir detalles. Ante este panorama, lo lógico sería aparcar excepcionalmente diferencias y coordinar esfuerzos. Si algo bueno tienen las emergencias, es que aclaran las prioridades. Como dice el arquitecto chileno Alejandro Aravena, especializado en vivienda social de ínfimo presupuesto, “cuando sólo dispones de un clavo, un martillo y un golpe, no hay margen para la distracción ni el error”. Hay que hacer una cosa y hay que hacerla bien.
Por ello, el Gobierno español ha desempolvado los pactos de la Moncloa y propone reeditarlos. Ha habido respuestas positivas. Pero también otras que tachan la idea de pérfida y encubierta maniobra recentralizadora. Lo cual es opinable. En cambio, no lo es que estamos ante un desafío común y ante una tarea de reconstrucción colectiva. Sumar y coordinar esfuerzos permitiría salir antes de esta crisis planetaria. Eso es lo esencial para el común de los mortales. ¿Lo es también para nuestros amados líderes? ¿O prefieren seguir cultivando sus diferencias?

(Publicado en "La Vanguardia" el 12 de abril de 2020)