Lección parlamentaria

01.03.2015 | Opinión

Catalunya es diferente. Esta semana lo hemos vuelto a comprobar. El martes y el miércoles se celebró el debate sobre el estado de la nación en el Congreso. Mariano Rajoy se presentaba como el general que regresa victorioso (aunque con la clase media diezmada) de la guerra contra la crisis. Pedro Sánchez y Alberto Garzón debutaban como jefes de sus filas. Pero, pese a los atractivos de la coyuntura y del cartel, el debate fue básicamente un cruce de reproches y descalificaciones, donde el “y tú más” imperó sobre las propuestas frescas. De modo que Rajoy (pese a llevar a Bárcenas agarrado a la chepa) se gustó y casi salió indemne. En cambio, en el Parlament se desarrolló el lunes una gran sesión. El expresident Jordi Pujol, su esposa, Marta Ferrusola, y su primogénito, Jordi, comparecieron ante la comisión antifraude fiscal.Sus deposiciones fueron de nota. Sobre todo, la de Jordi júnior.

Napoleón sentenció que la muerte no es nada, pero vivir vencido y sin gloria equivale a morir cada día. Los miembros de la familia Pujol lo saben bien desde que el patriarca confesó su fortuna oculta en el extranjero. La desafección hacia ellos es amplia y alcanza círculos íntimos. Por tanto, el afán de los Pujol por vindicar su buen nombre es grande. Ahora bien, cada uno lo hace a su modo. Y no parece que esos modos acorten su agonía.

Pujol insistió en que él no era como su hijo, el coleccionista de Ferraris, y confió en que su balance vital sería positivo. Lo hizo sin alzar mucho la voz, como un viejo león de fuerzas mermadas. Lo de su esposa fue otro cantar, propio de una persona ajena a la realidad, o irreflexiva o cínica o acostumbrada a torear diputados. Sus declaraciones -”No tenemos ni cinco”, “mis hijos van con una mano delante y una detrás”…- fueron una ráfaga de ametralladora en el propio pie.

Si lo de la madre fue erróneo, lo del primogénito pareció un temerario ejercicio de exhibicionismo y soberbia. Además de reprochar las limitaciones de algunos diputados -ahí le faltó respeto, pero no razón-, Pujol jr. osciló entre el eufemismo y el alarde. Se presentó como un “dinamizador económico” mientras se ufanaba de lances empresariales propios del conseguidos, el comisionista o el ventajosa que estruja a arruinados. Y, sin detallar el origen de su fortuna, se explayó hablando de caprichos.

La reconfortante enseñanza de esa sesión, que algunos miopes tildan de inútil, fue comprobar que se puede invitar a los poderosos a rendir cuentas. Y que quien se eterniza en el poder, aunque sea democráticamente y bajo las más veneradas banderas, puede perder de vista la realidad y creer que casi todo le está permitido. Hasta que asoma la verdad y se entona el “Vae victis”.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 1 de marzo de 2015)