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Lápices de colores

22.08.2014 | Crítica de arquitectura

La escuela en Berriozar de Larraz/Bergera/Beguiristain parece, vista desde fuera, una caja de lápices de colores. Su celosía de lamas verticales es una envolvente polícroma que distingue de inmediato este volumen rectilíneo de una planta, rematado por una docena de lucernarios triangulares de hasta cinco metros de altura que dan dinamismo y personalidad al conjunto. La expresividad de esta envolvente se relaciona con la vitalidad que contiene -clases para niños de menos de tres años- y también con el deseo de aislarse de un entorno de escasa armonía o prestancia, hecho de viviendas de protección oficial, casas pareadas y grandes centros comerciales. Sin embargo, la explosión colorista da paso en el interior de la construcción a un ambiente blanco y luminoso, donde la administración de la luz cenital y la acústica están muy bien resueltos, y donde se dan excelentes condiciones para la enseñanza. Esta escuela sigue el método de la pedagoga italiana Maria Montessori, que se inclina por una franca interrelación entre los alumnos

de diversas edades. Ese fue un condicionante para los arquitectos, invitados a construir el equipamiento alrededor de una gran plaza central, de un espacio de convergencia entre los niños de distintas edades. Condicionante doblemente complejo, por cierto, dado que la parcela era larga y estrecha y no favorecía la distribución radial. Los proyectistas resolvieron esta cuestión dibujando una secuencia con sendos patios en los extremos de la parcela, cada uno de ellos colindante con un bloque de clases, y conectando dichos bloques a una plaza central. Esta solución espacial, probablemente la más lógica, la que favorecía más la transparencia visual, topaba con un problema: generaba espacios interiores carentes de luz natural. Ahí entraron en juego los generosos lucernarios, que proporcionan una claridad muy agradable y animan la sección del edificio. Larraz firmó ya, hace un par de años, otra escuela muy notable en Buztintxuri, también en los alrededores de Pamplona. Si entonces, atendiendo las sugerencias del profesorado, optó por un colegio con configuración de calle -tres franjas en planta, una para clases, otra para servicios y, en el centro, una para relación y actividades-, aquí ha optado por una configuración de plaza. En ambos casos ha acreditado su capacidad para resolver las obras con pocos elementos y un alto nivel de calidad espacial y de habilidad en el manejo de la luz.

 

 

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 22 de agosto de 2014)