Durante los últimos días he escuchado y he leído a personas quejosas porque el Gobierno les había hecho tomar conciencia, súbitamente, de sus años. Son los viejos por decreto. Es decir, todos aquellos ciudadanos de más de 70 años que, debido a las disposiciones del estado de alarma y a los rigores del confinamiento, se han sentido por primera vez limitados y discriminados en razón de su edad. Y  más o menos deprimidos. Gente que había ido cumpliendo años y esquivando sus lesiones para, de repente, toparse con un Gobierno que les etiqueta y encasilla como viejos.
Mi amigo X cumplió 70 años la semana pasada. Llevaba ya tiempo incluido en el grupo de riesgo, dos meses encerrado y muy pocos días adscrito a la franja de edad que puede abandonar el confinamiento de 10 a 12 y de 19 a 20 horas, pero no más. Pese a sus años, X se mantiene laboralmente activo, intelectualmente despierto, va a la piscina a diario y los fines de semana trisca por el monte. Su aspecto físico no es el de un adolescente: hace ya tiempo que perdió el pelo y no esconde las cicatrices de accidentes felizmente superados. Pero su actitud sigue siendo la de un joven curioso e inquieto que –si me permiten la expresión un tanto demodé– se apunta a un bombardeo.
En el día de su cumpleaños, suelo llamar a X a primera hora para felicitarle y, si hay ocasión, quedar a tomar el aperitivo antes del almuerzo. Este año dudé. Temía toparme con otra víctima de la vejez decretada. Además, los bares están cerrados y a la hora del negroni él debía estar recluido en su casa (y yo en la mía). Pero le llamé. Y, tras felicitarle y comprobar que su ánimo no había decaído, me atreví a preguntarle si también él tenía algún tipo de queja. Su respuesta fue clara y aleccionadora.
“¿Quejas? En absoluto. ¿Por quien me has tomado? Como a todos, me molesta la congelación de libertades, el no poder hacer lo que quiero cuando quiero. Pero me encuentro bien y con ganas. Además, no olvido que todas estas restricciones son temporales y tienen una finalidad específicamente sanitaria. Volveremos. Algunos tras haber sufrido pérdidas personales irreparables. Y casi todos con daños económicos, ya sean leves rasguños o caudalosas hemorragias. Pero volveremos. ¡Y no te perdonaré el negroni!”.
Colgué aliviado. Y un poco avergonzado por haber dudado de la entereza y las convicciones de X, quien, al igual que Picasso, y sin afán de compararse, opina que el camino de la juventud lleva toda una vida. En eso hay que aplicarse, mientras no nos atrape un percance inhabilitante o fatal. Sin olvidar que algunos son incluso capaces de conllevar semejantes percances con admirable dignidad. De modo que no se debe permitir que la vejez, enfermedad incurable donde las haya, nos pille antes de hora. ¡Y menos por decreto ley!

(Publicado en "La Vanguardia" el 11 de mayo de 2020)