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La tierra y el cielo

01.03.2014 | Crítica de arquitectura

Los cementerios, contra lo que se suele creer, están vivos. En el de Garrigoles – Les Olives los cuatro muros que definen el cercado, carentes de cimientos, se movían, y el pavimento se levantaba empujado por las raíces de los cipreses. Cuando recibieron el encargo de reformarlo, los arquitectos Xavier Vilagran y Cristina Lloret pensaron primero en sanear los muros y en calzarlos, y luego en mejorar las circulaciones internas. Pero no se quedaron ahí y, a continuación, quisieron organizar visualmente el conjunto. Su estrategia pasó por potenciar la geometría esencial de los volúmenes que engloban los nichos, despojándoles de las cubiertas de tejas. Y por enfatizar el blanco de sus formas angulosas, para así mejor diferenciarlos de los muros, que son de piedra de Vilopriu.

Vilagran dice que, mediante este recurso, se ilustra la separación entre la tierra y el cielo, entre el cuerpo y las almas de quienes descansan eternamente allí. Es posible. Pero acaso sea más evidente que con esta intervención los arquitectos han introducido un toque de modernidad en un recinto que, al tiempo, conserva su hechura y su lenguaje tradicionales, enmarcados en el paisaje ampurdanés. Incluso la nueva y tornasolada puerta metálica, que a unos gustará más –o menos– que a otros, respeta la línea del dintel preexistente.

Los cementerios no son una tipología arquitectónica que suela despertar mucha atención. Miralles y Pinós, con su espléndida obra en Igualada, son quizás la excepción más conocida. Ciertamente, todo es singular en aquel trabajo. Sin embargo, conviene recordar que a veces es preciso intervenir en un cementerio con propósitos menos rompedores. Y, en tal circunstancia, el modo en que lo han hecho Xavier Vilagran y Cristina Lloret en Garrigoles, con modestia y contención presupuestaria, constituye un ejemplo a la vez sutil y apreciable.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 1 de marzo de 2014)