La sonrisa patriótica

20.09.2015 | Opinión

Hay sonrisas genuinas, motivadas por la bonhomía, la alegría o el placer. Hay sonrisas forzadas, desprovistas de tales resortes. Hay sonrisas impostadas. Hay sonrisas beatíficas, monjiles. Hay sonrisas verticales. Y hay también una sonrisa nacional o patriótica.

Supe de esta última tras la manifestación del Onze de Setembre, cuando los oradores arengaron a los congregados en el parque de la Ciutadella. “Queremos la independencia, queremos expresarnos democráticamente con una sonrisa”, dijo Liz Castro, coordinadora internacional de la Assemblea Nacional Catalana (ANC). “Este pueblo hace una revolución con sonrisas y manos enlazadas”, agregó Gabriel Rufián, dirigente de la ANC y de Súmate. Sonreír: esa sería ahora la consigna.

La sonrisa tiene buena prensa. Es sinónimo de amabilidad. Y, por otro lado, posee una fuerza insospechada. “Es más fácil obtener lo que se desea con una sonrisa que con la punta de la espada”, escribió Shakespeare. Los publicistas del proceso creen que es la respuesta más adecuada al llamado discurso del miedo, atribuido al unionismo. La sonrisa expresa contento y confianza en el futuro. El miedo, en cambio, cabalga la negación, alienta la cobardía, invita a romper filas. ¿Quién no elegiría sonreír? ¿Quién preferiría poner la cara de guardia de la porra del ministro de Defensa al anunciar que el ejército no intervendrá en Catalunya si no es necesario?

La sonrisa, en tanto que actitud reclamada a los fieles del proceso, se añade a otras recomendaciones o instrucciones previas. Por ejemplo, la ilusión, reivindicada desde primera hora por el presidente Mas como guinda de su gobernanza y la de los suyos. O, por ejemplo, la estricta observancia de las normas democráticas y legales, enarbolada antaño como garantía de excelencia (y después relegada). O, ahora, la sonrisa como reflejo facial de una convicción íntima, que se pregona justa, única e indiscutible.

Ilusión, democracia, sonrisas… Este discurso es tan hermoso que produce cierta inquietud. Por lo que tiene, en general, de almibarado e irreflexivo, de apelación a la adhesión acrítica. Y por lo que tiene, en particular, de ambiguo e impreciso. ¿Debemos olvidar que la ilusión puede ser también una mera imagen de algo inexistente pero dado por real? ¿Debemos considerar muy democrática la idea de que es suficiente no ya un mínimo de dos tercios de los votos del 27-S, sino menos del 50%, para seguir adelante con la vía independentista? Si la sonrisa debe ser la respuesta reglamentaria en el proceso, ¿por qué insultan sus soldados más enardecidos a los discrepantes? ¿Cómo explicar que alguno de ellos escriba sin pestañear que medios públicos tipo TV3 y Catalu­nya Ràdio practican un pluralismo impecable? ¿Por qué el propio presidente Mas nos quiere dar a entender que la lógica natural y la razón cartesiana le asisten en todas sus decisiones?

La verdad es la primera víctima de la guerra. Lo advirtió Esquilo hace dos milenios y medio. Aquí no estamos en un escenario bélico, pero sí de progresiva confrontación, y refractario al diálogo, en el que la doctrina atropella a la verdad sin complejos. En el que, a una semana del 27-S, el volumen de incógnitas –sobre las consecuencias sociales, económicas y europeas de la secesión para los catalanes– es de proporciones inadmisibles. Y en el que este viaje, de imprevisible final, es jaleado tozudamente por sus animadores: la ANC, que nació para eso, y Òmnium Cultural, que no nació para eso, pero ha sido inmolado en el altar del proceso. También es jaleado por la Generalitat, que compensa la falta de informaciones fiables sobre nuestro futuro con datos cruciales como el relativo al porcentaje de lituanos (30%) que verían bien una independencia catalana, pero minusvalora las advertencias de la Casa Blanca o la Comisión Europea. En este escenario –no bélico, pero cada día menos pacificado–, Junts pel Sí y el PP van regalando, con sus salidas de tono, argumentos al contrario, mientras se niegan a buscar una solución pactada, que es la única deseable. (Si por mí fuera, ninguno de sus dirigentes actuales volvería a tener cargos de gobierno). Y ambos bandos van subiendo la apuesta, aun a sabiendas de que ya es mucho lo que todos podemos perder, no sólo como colectivo, también como individuos políticos y fiscales.

Ante este horizonte nublado, lo que nos recomienda el independentismo es una sonrisa, supuestamente patriótica. Pero que quizás no tenga mucho de tal. Puedo suscribir, en buena parte, el diagnóstico de la dolencia que sufre Catalunya en su relación con España. Pero no suscribo el tratamiento expeditivo propuesto por el equipo médico reunido en Junts pel Sí. Ni su idea del patriotismo sonriente. ¿Debemos sonreír ante la expansión del maximalismo hacia zonas que eran de consenso? No. No creo que debamos. ¿Es más patriótico, ahora y aquí, sonreír a quienes hacen mal las cosas que exigirles algo más de cordura? No. No lo es.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 20 de septiembre de 2015)