En uno de sus penúltimos tuits, el cesado Puigdemont dice textualmente: “Renovamos nuestro compromiso de ofrecer a todos los catalanes un país más justo, más próspero, más culto, más solidario, más inclusivo, más sostenible y más pacífico”. He aquí una oferta atractiva. Pero poco creíble. Y no porque sea irrealizable, sino porque, como presidente de la Generalitat, Puigdemont desafió a la justicia al quebrar la ley, ahuyentó a la élite empresarial propiciando la descapitalización del país, alentó el sectarismo y practicó una solidaridad no inclusiva ni sostenible. Aunque abogó, eso sí, por la conducta pacífica.
La tarea del político sólo cobra auténtico sentido cuando antepone el bienestar colectivo a sus prioridades. Pero los mensajes de Puigdemont desde el exilio sugieren que lo primero es ahora para él escapar de la tela de araña en la que se metió y recuperar la presidencia. O eso, o prolongar la crisis sine die. Aunque tal cosa suponga mantener a Catalunya en una  incertidumbre que la paraliza.  A veces parece que Puigdemont viva en otro mundo, atrapado en otra realidad. Según un reciente –y alarmante– comunicado de Junts per Catalunya, la candidatura que creó para el 21-D, “sólo hay un tipo de gente que no quiere que Puigdemont sea investido presidente: los que no creen en la democracia”.
¿Qué haría Puigdemont en el improbable caso de regresar al Palau de la Generalitat? Promover de nuevo la independencia. Como si el proceso soberanista no hubiera acabado en fracaso, gracias al Estado, sí, pero también a la imprevisión y los errores de sus pilotos; como si el soberanismo, además de obtener mayoría parlamentaria, hubiera crecido el 21-D hasta lograr un porcentaje de votos holgado; como si fuera posible saltarse, pacíficamente, el orden estatal y el europeo a base de argucias improvisadas.
¿Conoce Puigdemont el significado de la palabra rectificación? Aparentemente, sí (aunque él no la practica). En su mensaje de Fin de Año dijo: “Como presidente, exijo al Gobierno español y a los que lo apoyan que rectifiquen aquello que ya no funciona, que reparen el daño causado y que restituyan todo aquello que han destituido”. Las afirmaciones de esta frase se cuentan por errores. Puigdemont ya no es presidente, ni puede exigirle mucho al Gobierno. Si con “aquello que no funciona” se refiere al 155, debería recordar que mediante ese artículo el Estado cesó al Govern y rige hoy Catalunya. Si se trata de reparar daños, debería empezar reconociendo los que causó su política. Y, al pedir que “restituyan todo aquello que han destituido”, intuyo que se incluye en el lote, pese a que “aquello” es pronombre generalmente usado para las cosas, no para las personas.
Recuerdo –y es conmovedora– la expresión melancólica de Puigdemont en su último paseo por Girona, sobre el Pont de Ferro, en la plaza del Vi, horas antes de partir de matute hacia Bruselas. Sólo él sabía que aquel baño de masas era, de hecho, una despedida. Imagino ahora a Puigdemont paseando por arboledas belgas, más melancólico aún, más frágil. Pero a la vez obstinado, camino de otra rueda de prensa en la que de nuevo descalificará y desafiará. Porque el desafío y el conflicto le mantienen vivo. Al igual que restan fuerzas a Catalunya. Quiero pensar que no se da cuenta de esto. Que el muro amarillo levantado por la maquinaria activista,  muchísimo más efectiva que los políticos a los que jalea, le oculta la realidad.
Alrededor de ese muro hay un país que es diverso y no entiende que los deseos presidenciales de justicia y prosperidad se traduzcan en declive colectivo. Que quiere más justicia y prosperidad, pero que ya conoce las limitaciones de ciertos timoneles. Artur Mas dijo que lograría todo eso con un “gobierno de los mejores”, algo que en abstracto parecía razonable. Incluso a mí. Luego invirtió (y perdió) su capital político en un incierto mercado de futuros, y se alió con quienes propiciarían su poco honorable caída y el posterior  choque de trenes. Puigdemont fue menos hiperbólico: eligió consellers doctrinarios, que han acabado encausados, mientras el país regresaba de la preindependencia a la preautonomía. Pero, erre que erre, exige ahora a la justicia que mire a otro lado y olvide sus desaires, dispuesto a retomar la vía independentista; es decir, a reiterar tropiezos y sanciones.
¿Sabe Puigdemont lo que es el principio de realidad? ¿Sabe que sólo sobreviven quienes lo asumen? Si lo supiera, en lugar de seguir desairando, admitiría la división del país, revisaría la hoja de ruta, tendería puentes y se avendría a hacer concesiones. Y, si no avanzara, cedería el testigo a otro más hábil.  El principio de realidad y la experiencia nos dicen que de este laberinto no se saldrá  unilateralmente. Y menos con huidas hacia adelante y demagogia que ahondan y evidencian la brecha entre el mundo real y el del deseo, entre los intereses colectivos y los de parte.

(Publicado en "La Vanguardia" el 7 de enero de 2018)