Tras publicar en 1749 Carta sobre los ciegos para el uso de los que ven , una desinhibida expresión de su ateísmo, Denis Diderot fue apresado y conducido a la cárcel de Vincennes, donde permaneció encerrado tres meses. Antes de ser liberado, según recuerda Andrew S. Curran en su biografía Diderot y el arte de pensar libremente (Ariel), el filósofo recibió la visita de un alto mando policial que le advirtió que una nueva publicación considerada por las autoridades inmoral o irreligiosa le supondría una condena no ya de meses, sino de decenios. Diderot tenía 34 años y, puesto que prefería su casa y su buhardilla a la mazmorra de Vincennes, simuló obedecer.

Es sabido que una vez libre se dedicó a redactar miles de entradas de la célebre Encyclopédie . Pero, en secreto, siguió escribiendo sus libérrimos ensayos y novelas, y metiéndolos en un armario, confiando en que algún día verían la luz. Otros autores, al saber que su trabajo no llegaría a sus contemporáneos, y por tanto no podrían recoger sus frutos, quizás hubieran desistido. Diderot siguió produciendo. Se hizo a la idea de que era un adelantado a su tiempo y que su obra sería apreciada por futuras generaciones, cuando él ya no estuviera vivo para defenderla ni para gozar, llegado el caso, de la fama derivada de su trabajo. Fama que en efecto llegó tras su muerte y tras la gradual publicación de sus manuscritos.

La actitud de Diderot invita a reflexionar sobre el valor y la legitimidad de la fama, de lo que en nuestros tiempos se denomina celebridad y es perseguido por todo tipo de gañanes carentes de mérito. Tanto es así, que muchos han llegado a la errónea conclusión de que la fama es la consecuencia automática de una sobreexposición mediática, aunque no se aporte más que la propia jeta, en lugar de una calidad personal sobresaliente y útil para la humanidad. Es por ello que, durante dicha sobreexposición, engrasada por las redes sociales, despliegan sin pudor conductas primarias, y que de hecho no merecen fama alguna puesto que el más asno podría reproducirlas.

Obviamente, esa fama banalizada, estéril y a menudo soez está al alcance de cualquier buscavidas, que la perseguirá sin complejos en pos de unos dividendos inmediatos. Pero nada aporta a sus congéneres, aparte de mantener las cosas como están; o sea, empantanadas.

Diderot era exactamente lo contrario: un intelectual rupturista y comprometido, convencido de que la labor del filósofo era poner en cuestión todo lo establecido y, de este modo, contribuir a liberar la mentalidad popular. No andaba desencaminado porque, dos siglos y medio después de recibir la visita de los gendarmes, sus obras – Santiago el fatalista, El sobrino de Rameau …– siguen siendo más que legibles, su mentalidad ilustrada y progresista sigue iluminándonos y no pocos, agradecidos, seguimos leyéndole y abonando su posteridad.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 12 de julio de 2020)