La pijería es un grado

19.07.2015 | Opinión

Entre las muchas comisiones de la administración pública británica hay una consagrada a la movilidad social y la pobreza infantil. Semanas atrás, esta comisión publicó un informe en el que se demostraba que las grandes consultorías y las principales firmas financieras o legales del Reino Unido preferían contratar a sus empleados entre los exalumnos de las mejores escuelas y universidades. Hasta aquí, nada raro. Lo curioso es que, para cerciorarse de que su selección era la adecuada, sometían a los aspirantes a un supuesto test de poshness –aquí traduciremos esta voz inglesa como pijería–, en el que se valoraban sus maneras, su acento aristocrático y los viajes a lugares exóticos que hubieran realizado. El 70% de los reclutados respondían a dicho perfil, pese a que quienes han recibido este tipo de educación sólo suponen alrededor del 5% de la población estudiantil. Dicho en otras palabras, el ascensor social y la meritocracia, que supuestamente caracterizan una sociedad avanzada, no siempre funcionan como sería deseable en Gran Bretaña.

En España el adjetivo inglés posh se divulgó cuando Victoria Adams empezó a usarlo para distinguirse de las otras cuatro integrantes del grupo de música pop Spice Girls, muy exitoso a fines del siglo XX. Aquellas chicas picantes lucían un vestuario de dudosa elegancia. Y la boda de Victoria con el futbolista Beckham no mejoró su pedigrí social; al menos, no tanto como el económico. Pero, a partir de ahí, a Victoria se la empezó a conocer entre nosotros como la pija. Lo cual quizás indujo a error, puesto que la chica no era de alta cuna. Aunque, eso sí, afectaba maneras y gustaba de usar artículos de determinadas marcas, otras dos características que el diccionario atribuye a pijas y pijos.

Resulta significativo que en estos tiempos en que se intenta eliminar los criterios discriminatorios relativos al género, la raza o el credo –con la excepción de las llamadas discriminaciones positivas-, la élite empresarial británica, la que ofrece 45.000 de los mejores empleos del país, avance en dirección contraria. Naturalmente, en determinadas esferas se aprecian, más que en otras, las formas de la nobleza, la elegancia, el encanto y la habilidad para expresarse con las palabras precisas, pronunciadas en un inglés similar al de la Reina. Ahora bien, de ahí a cerrar el paso a quienes quizás poseen una inteligencia superior, pero carecen de los modos apropiados, media un peligroso trecho.

El hecho de que las grandes compañías británicas consideren que la pijería de sus empleados es un grado –como lo era la veteranía entre los militares chusqueros de nuestro país– no debe extrañarnos en un mundo caracterizado por la progresiva desigualdad. Pero tampoco puede decirse que abone nuestra confianza en unas compañías elitistas que parecen primar la endogamia y las apariencias por encima del talento.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 19 de julio de 2015)