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La penúltima morada

25.12.2014 | Crítica de arquitectura

Tanatorio de L’Hospitalet

Autor: Ribas & Ribas

Ubicación: Avenida Ramon Frontera, 11. L’Hospitalet de Llobregat

 

La industria funeraria no deja de evolucionar. Ya puede uno irse al otro mundo dentro en un ataúd pintado con dos rosas y una senyera. O tuneado especialmente para los hinchas del Barça. Los tanatorios también cambian, en especial desde que el sector privado asumió una posición predominante en este negocio. Ya no son instalaciones de reducidas dimensiones en las que penan, revueltos, los deudos de varios difuntos. Ahora son edificios espaciosos y a menudo ubicados en parcelas con vistas, porque se trata de mirar más allá o de reparar en que la vida, al menos para algunos, sigue.

La última novedad en esta tipología constructiva acaba de abrir en l’Hospitalet. No es un edificio que llame la atención por su aspecto exterior. De hecho, podría pasar por un bloque de oficinas o incluso de viviendas de cierto standing. Pero sí tiene interés como ejemplo de la evolución de esta tipología. Y, en particular, de cómo persigue el confort para que la experiencia mortuoria se desarrolle para los familiares y amigos del finado en una atmósfera tirando a lujosa.

Este tanatorio tiene dos velatorios de unos 120 metros cuadrados de superficie (y cuatro de menores dimensiones), con parquet y saloncitos equipados con mobiliario selecto, además de unos muros transparentes por los que entra la luz natural. De hecho, son como apartamentos, con sus propias terracitas, y ofrecen unas prestaciones de las que no todos sus usuarios disfrutan en sus respectivos domicilios. En algunos de ellos, los féretros aparecen como por arte de magia, a través de una oquedad por la que llegan directamente al túmulo. Algo parecido pasa en el oratorio multiconfesional, con capacidad para 200 personas, donde el ataúd emerge del subsuelo, mediante un elevador con parada junto al altar.

Josep Ribas, autor de esta obra, ha optado por una planta en la que abundan las curvas suaves, con lo cual logra grandes espacios amables (el vestíbulo de la primera planta, el oratorio…) y otros pequeños o interiores en los que la planta se cuadra con mayores dificultades. La fachada posterior, de vidrio corrido, ofrece vistas al ferrocarril que une la ciudad con el aeropuerto. Y también es de vidrio, y por tanto volcada al exterior, la holgada escalera de caracol que relaciona los varios niveles. El resto de revestimientos, hechos con paneles de listones, logran una buena acústica, extendiendo así el confort al ámbito sonoro.

No voy a decir que con tanatorios como este den ganas de morirse. No. Pero sí que para los deudos del muerto la experiencia luctuosa se desarrolla casi entre algodones.

 

Publicado en “La Vanguardia” el 25-26 de diciembre de 2014)

 

Foto de Lluís Casals