Carles Puigdemont animó a sus fieles reunidos hace una semana en Perpiñán a prepararse para “la lucha definitiva”. La propuesta fue recibida con los vítores y aplausos de una multitud ya enardecida por los ex consellers Clara Ponsatí y Toni Comín. Ejerciendo de teloneros, ambos la habían invitado previamente a desconfiar de la mesa de diálogo –“una engañifa”– y a “asumir el precio de nuestra libertad” (sin aclarar si era barato o prohibitivo).
La mayoría de los catalanes son partidarios de hallar una salida pactada al lío en el que nos metió el independentismo, soliviantado por un Estado refractario a sus peticiones. La vía pasa por una mesa de diálogo, que fue reclamada durante años y a la que, una vez conseguida, se le hacen ascos: Puigdemont prefiere empujarnos hacia “la lucha definitiva”.
Conocemos al detalle los objetivos y las condiciones de la mesa de diálogo, puesto que las dos partes –y eso incluye a los de Puigdemont– las consensuaron tras su primer encuentro, el 26 de febrero. Sin embargo, y pese a tantos vítores y aplausos, no sabemos en qué se concreta “la lucha definitiva”. Ni cómo se practica. Ni qué pertrechos requiere. Ni qué riesgos comporta. Ni si todos los indepes van a secundarla. Hay que imaginársela.
Veamos. Bote pronto, “la lucha definitiva” evoca “la lucha final” glosada en el himno revolucionario La internacional que redactó en 1871 Eugène Pottier. Pero los congregados en Perpiñán no respondían al perfil “paria de la Tierra” o “famélica legión”, glosado en la célebre canción. Más bien respondían al modelo de catalán convencional, que es firme partidario de comer tres veces al día, de las buenas digestiones, el ahorro y la relajación fiscal. Por mucho que se sueñe revolucionario en sus años de retiro –que por cierto coinciden con los de la banalización del concepto revolución, ya asociado incluso a Gran Hermano–, no lo es.
Veo a esos presuntos revolucionarios muy ufanos y motivados en un mitin como el de Perpiñán. Porque de ilusión y rencor también se vive, y porque llevan muchos Onze de Setembre de instrucción y desfiles uniformados. Pero, francamente, no les veo armados, ni en forma para partirse la cara con el enemigo español, que sería lo propio de “la lucha definitiva”. Porque, como ya se vio en anteriores temporadas de esta serie, saltarse la ley sólo lleva a la cárcel y el exilio a unos pocos y a la frustración a muchos otros. Aún así, quiero pensar que la “lucha definitiva” de Puigdemont tiene más de retórica mitinera que de arenga previa a la entrada en combate. Es mejor que así sea. Lo contrario sería un invitación al suicidio colectivo, la prueba definitiva –esta sí– de que Puigdemont anda extraviado y de que una parte de los catalanes estaría dispuesta a echar por la borda su vida privilegiada. Y, de paso, la de los otros, la de quienes relacionan la dignidad con una actitud vital responsable, más que con envolverse en la bandera.

(Publicado en "La Vanguardia" el 8 de marzo de 2020)