La foto del volcán Whakaari en erupción ha dado la vuelta al mundo. Esta imagen, tomada desde una embarcación, nos muestra una gruesa columna de humo sobre el paisaje rocoso de la isla Blanca, 30 millas al noreste de Nueva Zelanda. Lo que no vimos en esa foto fue la altura de la humareda, de más de 3.000 metros. Ni las dantescas escenas que se produjeron allí el lunes, mientras visitaban la isla medio centenar de turistas: ríos de lava a mil grados avanzando por la ladera volcánica a velocidad superior a la que podían escapar los humanos, bajo una lluvia de abrasador piroclasto (rocas de variado tamaño, cenizas, vapor ácido), en una atmósfera de monóxido de carbono, dióxido sulfúrico y otros gases tóxicos, entre un ruido atronador. Una escena más propia del fin del mundo que de una soleada excursión para cruceristas y algún que otro vulcanólogo amateur.
La Encyclopédie de Diderot y D’Alembert se refiere a los volcanes como agentes de la bondad; como unas ventanas o chimeneas de la Tierra que proporcionan salida al aire y el fuego que han ido caldeando sus entrañas. Y añade que sin tales aliviaderos las ocasionales sacudidas de esa forja natural que trabaja insomne en el centro de la Tierra podrían causar catástrofes mayores, incluso el hundimiento completo del planeta. Es un consuelo saber de esas bondades. Aunque lo que sintieron los turistas sorprendidos por la erupción no fue tal bondad sino un pavor absoluto: unos sucumbieron quizás sepultados bajo la lava; otros fueron llevados a hospitales con graves quemaduras; los más afortunados salieron indemnes... pero diría que sin ganas de nuevas aventuras.
O quizás sí. Porque los llamados viajes de aventura son un sector turístico al alza, que ha doblado su negocio en cinco años y que espera triplicarlo hacia el 2026. Los motivos de este progreso son varios: la popularización del turismo, el deseo de nuevas experien- cias de quienes se han pateado ya los destinos tradicionales y, también, las apetencias de la generación de la selfie y de Instagram. Cada día se cuelgan en las redes sociales millones y millones de fotos, y retratarse haciendo morritos o simulando aires de modelo o de influencer ya no vende nada. Mola más  scalar (aunque sea sin gran entreno previo) el Everest, asomarse a escenarios bélicos (cuyos moradores darían media vida por abandonarlos) o trepar hacia el cráter del Whakaari, pese a que es el volcán neozelandés más activo y a que se había advertido que estos días podía despertar... Todas esas excursiones, y más, están en el menú de agencias turísticas que sirven a intrépidos o temerarios y cobran su buen dinero por ello. 
El ser humano siempre ha tenido avidez de emociones y pulsión aventurera. Y así dio con grandes y muy útiles hallazgos. Ahora, algunos se conforman con hacerse una foto en terreno inhóspito para luego contarlo. Al menos, en las redes. Antes de que la lava les devore.

(Publicado en "La Vanguardia" el 15 de diciembre de 2019)