El tiempo corre. El tiempo huye. El tiempo vuela. El tiempo se nos come la vida. El tiempo lo devora todo. Los clásicos nos lo han dicho de mil maneras distintas: el tiempo es el bien más preciado del que disponemos. Y, sin embargo, el tiempo es el bien que derrochamos con mayor inconsciencia, como si careciera de valor o nos sobrara. Hasta que reparamos en que es finito, en que nuestras horas están contadas y, de un día para otro, empezamos a temer y lamentar su escasez. O a cuestionarnos la alegría con la que lo hemos dilapidado. Porque, como decía Séneca, no es que el tiempo sea corto, es que lo perdemos en demasía.
El paréntesis en el que nos ha encerrado el coronavirus induce a algunos a revisar el uso que han venido haciendo de su tiempo. Y les animará quizás, en un futuro ahora mismo impredecible, a corregirse y cabalgarlo con las riendas más cortas. A otros, que han contraído la enfermedad y la combaten febriles en una cama hospitalaria, les abruma acaso por primera vez la perspectiva de estar próximos a agotar su tiempo, y con él su vida. Como si el mañana y la ocasión para rectificar fueran ya una imagen que se desdibuja.
La gestión del tiempo tiene una dimensión particular y otra colectiva. Sobre la particular hay poco que decir. Unos necesitan dos horas para sus abluciones matutinas. Otros, devotos o esclavos de su trabajo, engullen un bocadillo a la hora del almuerzo sin apartar la vista del ordenador. Otros no se sienten humanos sin su hora y media de siesta en pijama. Otros consideran que la vida no merece ser vivida sin expansiones festivas, sin ocasionales excesos. Poco importa la rutina de cada persona si al cabo del día le hace feliz y, sobre todo, si precisamente porque le satisface le permite luego aportar una nota positiva al concierto social.
La gestión del tiempo colectivo, del proyecto común de nuestra sociedad, es otra cosa. Esa gestión la delegamos en los partidos a los que confiamos nuestro voto para que –cuando la emergencia no reclama, como ahora, todos sus esfuerzos– lleven adelante un proyecto que deberá tener efectos beneficiosos para todos los ciudadanos, no sólo para quienes comparten su ideología y sus objetivos.
Cuando los españoles votaron mayo­ritariamente a UCD en las primeras elecciones de 1977, lo hicieron para transformar las estructuras franquistas en otras democráticas. La incredulidad, sobre todo en la izquierda, respecto a las capacidades del presidente Suárez para realizar tal proeza era elevada. Pero en 1978 se aprobó una Constitución que rubricó el éxito de la operación y blindó la joven democracia. En 1982 ganó con amplia ventaja el PSOE y abrió una etapa de progreso social que cristalizaría en 1992, con la gran operación internacional de relaciones públicas de España materializada en los Juegos Olímpicos de Barcelona o en la Expo de Sevilla. El tiempo colectivo no se malgastó entonces. O al menos cabe decir que generó mejoras para casi todos.
Los años 1978 o 1992 son ahora periodos sañudamente estigmatizados por fuerzas políticas que querrían imponer un nuevo orden institucional o estatal. Por ejemplo, el independentismo catalán. No me detendré hoy en sus argumentos ni en sus quejas, propuestas, acciones o discriminaciones. Pero sí me gustaría hacer hincapié en su gestión del tiempo colectivo. En la manera en que desde el Gobierno de la Generalitat se ha venido abduciendo el tiempo de todos, empleándolo en un proceso ya muy largo y nulamente productivo, por no decir ruinoso.
El procés y el posprocés suman en este 2020 ocho años. En su transcurso se han generado falsas expectativas e ilusiones, se ha quebrado la ley, se ha polarizado la sociedad, se ha logrado la suspensión temporal de la autonomía catalana, se ha propiciado el envío a prisión o la expatriación de los dirigentes indepes que naufragaron en su intento secesionista y, a modo de guinda, se ha situado en la más alta instancia catalana a un presidente que parece empeñado en la hercúlea tarea de hacer buenos a sus antecesores. Van ocho años de agitación y se ha abierto una mesa de negociación, pero, aun así, no se atisba todavía la salida del túnel.
Pese al panorama descrito, desde la Generalitat sigue apostándose el tiempo colectivo de los catalanes, de modo contumaz, en este proyecto político que, para empezar, ni siquiera goza del apoyo de la mayoría; para seguir, se alimenta de victimismo, rencor y errores, y, para terminar, contribuye a privarnos de otro tiempo posible, más goloso y constructivo, con una mejor promesa de convivencia y futuro.
Mientras hablo, decía Ovidio, el tiempo pasa. No es por compararnos, pero mientras yo escribo, y ustedes leen, también pasa un tiempo que, sin duda, es digno de mejor uso. De modo que aquí lo dejo.

(Publicado en "La Vanguardia" el 29 de marzo de 2020)