Hace diecinueve años salí conmovido y mejorado del Macba tras ver una exposición del sudafricano William Kentridge. No es algo que me suceda a menudo, de manera que todavía me acuerdo. Tenía por tanto mucho interés por ver Basta y sobra, la muestra de Kentridge que puede visitarse hasta el 19 de marzo en el Reina Sofía, dirigido desde hace diez años, y sin percances mayores (pese a los navajeos característicos de la capital), por Manolo Borja-Vilell, quien en 1999 era director del Macba, y que ahora acaba de renovar por cinco años más con el centro madrileño.
Los dibujos y las animaciones de Kentridge, cronista de la Sudáfrica del apartheid y el postapartheid, me parecieron entonces, y así lo escribí, algo comparable a los grabados de Goya en la España napoleónica, a los dibujos de Grosz relativos a la decadencia de la república de Weimar o a los de El Roto referentes a la corrosión de nuestra sociedad actual. Es decir, un retrato de la realidad tan agudo como preciso, formulado con una voz singular, que en el caso de Kentridge se distingue además por la diversidad de técnicas usadas y de géneros abordados, desde el dibujo al carboncillo o las marionetas, hasta instalaciones, escenografías o montajes operísticos.
En la muestra madrileña, la producción escénica del autor sudafricano tiene precisamente un papel central. Así es como podemos asomarnos, por ejemplo, a la Lulú de Berg que presentó hace algo más de dos años en el Metropolitan de Nueva York, o a piezas anteriores como sus adaptaciones al mundo africano de clásicos de Büchner o Goethe. Y, de paso, revisar una colección de dibujos, películas, teatrillos y demás elementos realizados e interrelacionados por Kentridge cuando prepara sus obras escénicas.
En este conjunto destacan de nuevo, con fuerza a mi entender insuperable, sus dibujos y animaciones. Entre los primeros, series como Paisajes coloniales, donde el autor despliega la enorme fuerza de su blanco y negro, de su universo de grises, al tiempo que plasma la energía y el potencial de un país tan rico como penalizado por el colonialismo y la discriminación. Entre las segundas, como Ubú y la Comisión para la Verdad o El retorno de Ulises, vuelve a brillar la técnica de Kentridge, que al enlazar imágenes nuevas sobre otras anteriores, progresivamente borradas, logra fijar la sombra del pasado en el presente y, al tiempo, y aunque parezca paradójico, aumentar el dinamismo de su relato.
Kentridge, maestro del dibujo al carboncillo, suele calificar de anacrónicos algunos de sus recursos expresivos, siempre en la esfera del realismo, casi siempre contundentes, pero no exentos de poesía. Y, sin embargo, demuestra obra a obra la vigencia de tales recursos, así como el vigor de sus filmes, que él llama “animaciones del hombre pobre”, pero cuya riqueza raramente halla parangón en la academia del conceptual.

(Publicado en "La Vanguardia" el 11 de febrero de 2018)