Cada generación tiene su música. La mía disfrutó de la de David Bowie, Roxy Music, Elvis Costello, The Clash, etcétera. Con eso ya íbamos servidos. Pero la memoria musical de cada cual es un totum revolutum en el que cabe de todo. En el mío cabe incluso Catalina Fernández, la lotera, unos tanguillos que cantaba Lola Flores. Los escuché siendo niño en la radio, en el Tocadiscos flamenco de Ricardo Romero. Y aún no he podido quitármelos de la cabeza. La historia de esta lotera-Carpanta que acaba la jornada reventada y hambrienta, alucinando salchichones, es una bienhumorada e inolvidable imagen de una época miserable, para el olvido.
Pese a lo cual, hoy hablaré de Lola Flores, de cuya muerte se cumple un cuarto de siglo el día 16. No diré aquello de “parece que fue ayer”. De hecho, parece lo contrario, que fue hace mucho más. Porque la Faraona se subió a los escenarios en los primeros años 40. Porque en los 50 formaba ya parte del star system patrio y llenaba teatros en América. Porque en los 60 daba muy bien en la televisión en blanco y negro. Y porque los 18 de julio solía ir a la gala folclórica que Franco montaba en el palacio de La Granja.
¿Voy a escribir de la Flores para reprocharle estas relaciones? No es mi intención. Más bien pretendo glosar su hambre, su valentía, su vitalidad, sus costumbres liberales y, sobre todo, su fuerza y su condición natural de artista, recursos que le permitieron labrarse la fama y el bienestar a pulso, partiendo de cero. En eso, diría que muy pocos la han superado, si acaso alguno. Al menos, cuando la comparamos con los actuales aspirantes a la fama, que se forman –es un decir– en academias televisivas de canto, o en las redes, donde creen que basta con colgar fotos haciendo cucamonas o exhibiendo muslo y pechuga para triunfar. Almas de cántaro, emplatadas a media cocción.
Pasaron los 80 y los 90, y Lola Flores siguió siendo, hasta el final, un diamante en bruto. Las dos cosas: diamante y en bruto. Ese fue su acierto. Y su escudo protector, porque había elegido una vía de ataque a la fama plagada de peligros: señoritos calaveras, procuradores en Cortes, farras monumentales, abusos, malos tratos, ludopatías, whiskysicitos y demás estimulantes administrados a discreción. Quizás no había otra vía practicable, pero esta era de muy difícil ascensión. Salvo para ella, que la coronó sin percances. En fin, con alguno.
Por ejemplo, su topetazo con el ministerio de Economía y Hacienda dirigido por Carlos Solchaga, que la eligió como víctima ejemplarizante en su persecución del fraude fiscal y le reclamo una millonada. Eso propició el primer intento de sableo masivo, a escala nacional, dirigido por Lola en persona a todos sus compatriotas, a ese público “al que tanto quiero y tanto debo”: “si cada español –proclamó Lola– me diera una peseta, podría pagar la deuda”. Tampoco en eso nadie ha logrado superarla. ¡Por suerte!

(Publicado en "La Vanguardia" el 3 de mayo de 2020)