La eternidad se acaba

07.06.2015 | Opinión

Periódicos de todo el mundo se han hecho eco esta semana de la retirada de los candados del amor de los puentes parisinos. Me refiero a esos candados colocados en las barandillas del Pont des Arts, o en tantos otros, por parejas de enamorados que previamente escribieron en ellos sus nombres y luego, tras cerrarlos e intercambiar besos y miradas arrobadas, lanzaron la llave al río. Durante años, los amantes han proclamado así su amor, supuestamente irreversible y eterno.

La metáfora del candado está clara, aunque no fuera muy precisa. Los candados se idearon para cerrar puertas, arcones y cadenas. Su función original era pues impedir que los amigos de lo ajeno actuaran. Pero, en la mente de los enamorados con candado, esa idea de cerrazón cedió paso al amor eterno.

¡Ah, el amor eterno! ¿Cómo escribir una palabra en contra de este sublime concepto? Los primeros amores son tan absorbentes y arrebatadores que generan en quienes los sienten el deseo de detener la vida, de congelarla en ese instante de feliz plenitud. El resto del mundo no existe en tales circunstancias. Les amoureux qui s’bécotent sur les bancs publics / Bancs publics, bancs publics / En s’foutant pas mal du regard oblique / Des passants honnêtes, cantaba el siempre inspirado Brassens. En tales circunstancias, el planeta podría hundirse o estallar, sin alterar a quienes se aman convencidos de que el suyo es un amor sin precedente ni igual. Estas personas con enajenación mental transitoria experimentan una total desinhibición, nada quieren saber de ayer ni de mañana, tan sólo del presente, y por eso echan las llaves al río, despreocupados, como los cosacos echaban las copas de cristal por encima del hombro tras beber champán.

Todo esto está muy bien, pero el asunto de los candados también tiene su lado criticable. Por ejemplo, esa necesidad de quienes los colocan de asociar su amor particular a un espacio mítico, como si la excelencia de las vistas del Sena fuera a contagiarlo. O, por ejemplo, la tendencia a dejar cosas fijas en un lugar de paso, como esos huéspedes gorrones que, tras ocuparnos una cama más días de los anunciados, parten dejando un rastro de enseres personales, como si pensaran regresar pronto. O, por ejemplo, lo de echar al río las llaves, ahora yacientes por cientos de miles en el limoso lecho del Sena, sin duda una nueva amenaza para la cadena trófica planetaria. O, por último, el hecho de convertir un idílico escenario fluvial en una ferretería desordenada y rebosante de género usado.

En fin, todo esto parece tocar a su fin. El ayuntamiento de París, alarmado por el gran numero de toneladas que soportaban las pasarelas, ha retirado los candados y va a sustituir las barandillas metálicas por otras sin mallas ni barrotes a los que abrazarlos. Si el candado ha sido un trasunto del amor eterno, habrá que convenir ahora, tras su masiva retirada, que la eternidad también se acaba.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 7 de junio de 2015)