A las cero horas del próximo viernes empezará la campaña para las elecciones generales del 10-N. De ellas se ha dicho que son las cuartas en cuatro años. Que acaso arrojen un resultado similar al de abril, lo que cuestionaría su sentido. Que llegan en un momento de inestabilidad política, con la herida catalana abierta y salpimentada por la sentencia del 1-O. 
Todo eso es cierto. Pero hay más: esta campaña  y sus meses previos se caracterizan también por el triunfo de la estrategia, e incluso de la táctica, sobre las ideas. Es decir, por la mareante movilidad ideológica de los partidos que reclaman nuestro voto, propiciada por unos líderes que, pese a esa movilidad, y contra toda lógica, aspiran al hiperliderazgo. Es como si la sociedad líquida descrita por Bauman hubiera inundado la política y las ofertas ideológicas de los partidos apostaran más por su adaptabilidad que por sus principios. Lo cual mina la confianza del votante.
Parece como si sobre el modelo de sociedad propuesto imperaran el corto plazo y el deseo de arañar unos votos al rival. Los líderes políticos actúan como un táctico en una regata. Están dispuestos a modificar su rumbo cuantas veces lo crean conveniente, en función de mil factores ambientales, si consideran que así lograrán cruzar primeros la línea de llegada.
Esta fluidez ideológica de los líderes obliga a sus partidos a dar bandazos. El caso de Ciudadanos es paradigmático. Su cuaderno de bitácora registró en tiempos iniciales una navegación entre socialdemócrata y liberal. Fue un caso de poli­amor ideológico, que combinado con la pionera oposición a la hegemonía nacionalista catalana le granjeó la primacía en el Parlament. Luego sus ramas socialdemócratas fueron podadas, y sus representantes, purgados. Más tarde, su liberalismo fue atenuado para disputarles espacio al PP y a Vox, lo cual le hizo flirtear con la ultraderecha. Hoy su líder Albert Rivera pide el voto y, a cambio, promete meter a gente en la cárcel. 
Nada más acceder al cargo, el joven –38 años– líder del PP Pablo Casado liquidó a la vieja guardia de Mariano Rajoy. Y, con ella, el tancredismo y la tibieza de su antecesor. El propósito era escorar la nave del PP a la derecha para frenar a Vox (con el que, dicho sea de paso, a partir de las andaluzas de diciembre del 2018 se aliaría en varias comunidades). Ahora, cuando  han pasado sólo quince meses de su llegada a la presidencia del PP, Casado recupera a Ana Pastor y a otras figuras del rajoyismo, ha moderado su discurso y exhibe maneras presidenciales, por lo que pueda pasar el 10-N.
Entre tanto, y a diferencia de Cs y PP, Vox ha perseverado sin titubeos en su ideario ultramontano. Que saquen a Franco del Valle de los Caídos le parece una “emergencia profanadora” del PSOE.
En la izquierda esos bandazos ideológicos son menos evidentes. El PSOE ya abrazó en 1979 las enseñanzas del congreso de Bad Godesberg (1959), alejándose del marxismo. Como corresponde a un partido socialdemócrata puesto al día, se dedica a gestionar el capitalismo, con algo más de empatía social y a veces menos cicatería que la derecha. Unidas Podemos (UP), por su parte, se ha movido menos de la baldosa y trata de seguir fiel al 15-M y a las luchas sociales –feministas, verdes, fiscales, etcétera– que quiere abanderar.
Ahora bien, ambas formaciones, al igual que las antes citadas, disfrutan de hiperliderazgos, con oscuros episodios cainitas. Por ejemplo, el que animó a Susana Díaz a intentar liquidar a Pedro Sánchez, y a Sánchez a acabar de veras con Díaz. Y, también, el que ha propiciado la supervivencia de Pablo Iglesias al frente de UP, perdiendo por el camino, eso sí, a otros hermanos fundadores, y viendo como su segundo, Íñigo Errejón, se convertía luego en rival al frente de Más País.
Por no hablar de la escena catalana, donde los huérfanos de la conservadora CiU que todavía siguen a bordo de la nave capitaneada por Puigdemont van redondeando su metamorfosis al votar a veces con la anticapitalista CUP. Y donde ERC se presenta como un partido de orden, y el que fue su más aguerrida force de frappe –el diputado Rufián– afecta maneras de hombre de Estado.
La combinación de liquidez ideológica e hiperliderazgo quizás convenga a sus practicantes. A quienes relativizan y emborronan su ideario porque viven con un ojo en las encuestas y una oreja en sus jefes de gabinete, capaces de servir ayer a un xenófobo y hoy a un socialista. Pero quizás no sea tan seductora para muchos votantes, que preferirían a quien propone un programa reconocible y estable. Para quienes se sienten más próximos a un programa que a las piruetas que hacen sus supuestos defensores. Para quienes creen que la estrategia no tiene por qué comerse las ideas.

(Publicado en "La Vanguardia" el 27 de octubre de 2019)