A hora que el Govern ha consumado ya su fractura y ha confesado su agotamiento, cabe preguntarse cómo recordaremos en el futuro el tiempo que hemos vivido estos años en Catalunya. Qué lo distinguirá. Qué lo definirá. Qué nombre le daremos. ¿Nos referiremos a él como “la época en que perdimos el tiempo”? ¿O, de modo más conciso, como “cuando perdimos el tiempo”. ¿O, directamente, como “el tiempo muerto”?
Recordamos los años de la contienda civil como un horror fratricida. La posguerra franquista, como un tiempo de miseria y represión. El desarrollismo de los sesenta, como los años del despegue económico y la consolidación de la clase media. La era preolímpica, como un periodo colmado de expectativas en el que la sociedad se unió y se superó. La gran crisis económica, como una fase de precarización, desigualdad y retroceso de la clase media… Y los años estériles del procés y el posprocés los recordaremos quizás como los del tiempo perdido.
Perder el tiempo es dejarlo pasar sin hacer nada de provecho o gastarlo en cosas inútiles, cuando hay algo que de veras interesa hacer. Es estar haciendo algo que no va a fructificar. Decimos “estar en un tiempo muerto” cuando caemos en un vacío entre dos actividades o estamos indefinidamente a la espera de algo que no llega. Todas estas definiciones del diccionario son anteriores a nuestros años. Pero parecen que ni pintadas para describirlos. Años de proyecto mal concebido y peor ejecutado, que han partido al país en dos y lo han debilitado. El penoso espec­táculo del lunes en el Parlament lo ilustró una vez más: malos modos de Ciudadanos, el partido más votado en las últimas elecciones, y una mayoría independentista rota, que abortó caprichosamente los presupuestos de la institución, como el niño enrabietado que rompe un juguete, y luego suspendió y aplazó el pleno, derrochando un tiempo que a nadie le sobra. Años de contumacia en el error.
El independentismo no suscribirá este análisis. Dirá que los años del procés han sido útiles porque han dado visibilidad a su causa, porque la han llevado más lejos que nunca, porque ha sido un periodo de movilización y desafío al Estado español, porque por fin va a haber una mesa de negociación. Pero aun admitiendo esos supuestos logros del procés, es un hecho incuestionable que nos han salido muy caros a todos, excesivamente caros. Tanto a quienes los buscaban como a quienes no.
Entre tanto, en el otro platillo de la balanza pesan, y pesan mucho más, las hojas de ruta extraviadas, las argucias legales fracasadas, las promesas incumplidas, las ilusiones traicionadas, la degradación de las instituciones catalanas, empezando por una Generalitat con presidentes colocados a dedo por su antecesor, como se coloca a un guardés o a un vicario, y con un Govern que se olvidó de legislar. Y, por supuesto, pesa la postergación de las atenciones sociales reflejada en la extensión de los plazos de espera en la sanidad pública, en la longevidad de los barracones escolares, en la crónica infradotación de la cultura y en tantos otros capítulos que inciden directamente sobre la vida cotidiana de los catalanes.
En ese platillo sobrecargado pesan además las huidas de empresas con el consiguiente adelgazamiento de nuestra eco­nomía, la deserción de tantos catalanes –indepes o no– que cambiaron subrepticiamente el régimen fiscal catalán por el más ventajoso de Madrid, la pérdida de imagen y oportunidades de Catalunya, el despertar de la ultraderecha, su presencia y blanqueo en el Congreso de los Diputados... y me temo que pronto en el Parlament. También pesa, y de modo muy cargante, la arrogancia caciquil de una clase política sectaria, miope, atolondrada e irrespetuosa con los derechos de medio país, abonada a la queja, incapaz de reconocer su historial de errores invalidantes, partidaria por activa del pit i collons, la confrontación y la desobediencia, y por pasiva temerosa de poner en evidencia a los apóstoles del “cuanto peor, mejor”.
En otras palabras, una clase política menor colgada en lo simbólico, que imposta una dignidad discutible, toda vez que la dignidad en el ejercicio del cargo no se acredita con soflamas apolilladas, sino dando cada día el mejor servicio posible a todos los ciudadanos del país, sea cual sea su filiación política.
Esto último sólo puede conseguirse encarando y resolviendo con diligencia los problemas colectivos. Algo que sólo el 1,6% –¡el 1,6%!– de los consultados en el último barómetro del CEO (Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat) le reconoce al Govern encabezado por Quim Torra. Ante un porcentaje tan elocuente, vergonzoso e inaceptable, hay otras maneras de demostrar la dignidad. Y no pasan por seguir en el cargo. Salvo que uno se haya acomodado a vivir en un tiempo perdido. O se haya mimetizado en vida con el tiempo muerto.

(Publicado en "La Vanguardia" el 2 de febrero de 2020)