La doble eternidad

04.05.2014 | Opinión

Lo que más me llamó la atención tras la muerte de Tito Vilanova no fue el nivel hiperbólico del duelo ni el empaque de sus exequias fúnebres en la catedral barcelonesa. Lo que, por deformación profesional, más me sorprendió fue el lema que presidió su adiós: “Tito, per sempre etern”. O sea, una cuestión lingüística.

Este eslogan ha hecho fortuna: ayer lo lucieron los jugadores azulgrana en la pechera de sus camisetas. Ahora bien, con el debido respeto diré que la expresión “Per sempre etern” es redundante. Ya comprendo que cuando se despide a un ser querido todos los elogios son pocos. “Les morts sont tous des braves types”, cantaba Brassens. Pero alguien del Barça debería saber que “para siempre” es todo aquello que pervive indefinidamente; y que lo eterno, además de no tener inicio, no tiene fin. Con apuntar una de las dos cosas era suficiente.

Quizás me repliquen que la frase original es de Messi, y entonces yo tendré que acatar y callar. Porque al delantero argentino se le conceden atributos divinos –muchos le dan, sin pestañear, tratamiento de dios (otros, de dibujo animado)–, y es sabido que los dioses suelen ser infalibles. De modo que si, según “la Pulga”, Tito es dos veces eterno, pues adelante y chitón. Y al lenguaje, que le den.

Pero, aún aceptando esa infalibilidad –que también se atribuyen el Papa, el sultán de Brunéi y otros grandes timoneles–, pervive el misterio. ¿Cómo debe ser la doble eternidad? No pregunto ¿cuán larga?, porque la duración de una eternidad simple ya escapaba a mi capacidad de comprensión, que es la de un ser humano finito (en el sentido temporal). Pregunto tan solo si cabe en alguna cabeza la doble eternidad. O si es conceptualmente asumible. O si, por el contrario, como me temo, la idea de doble eternidad contradice y vacía de contenido el concepto mismo de eternidad, puesto que antes de empezar la segunda debería acabar la primera. O si, de ser así, alguien se da cuenta de que la exageración tiene efectos contrarios a los deseados.

¡Ah, la vida eterna! Intenten explicársela a los niños y comprobarán que no es tarea fácil. Si hay una idea que les sorprende e inquieta más que la de la muerte, tan impropia de su edad, esa es la de la vida eterna. Uno les habla de ella y recibe preguntas desarmantes. Por ejemplo, ¿realmente la vida eterna no se acaba nunca, ni en vacaciones? ¿qué edad tenemos en la vida eterna? ¿somos siempre niños o nos hacemos viejos? y si nos hacemos viejos, muy viejos, ¿circularemos por la eternidad en silla de ruedas y seremos tan olvidadizos como el abuelo y sus amigos de la residencia?

Preguntas incómodas, sin duda. Pero que podríamos ahorrarnos si prefiriésemos la precisión, el tono contenido. “Tito, no te olvidaremos mientras vivamos” habría sido un lema no menos aventurado (porque, a más años, más desmemoria), pero menos hiperbólico, más creíble y lingüísticamente más acertado.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 4 de mayo de 2014)