Cerca de casa, un vecino ha colgado una pancarta con el lema “Democràcia!”. No es una pancarta de tamaño balcón, sino de tamaño terraza, por lo que ocupa buena parte de la fachada del inmueble. Veo esa pancarta a diario, nada más salir de mi portería. Los días que salgo en modo ingenuo la leo una vez más y me pregunto: ¿en lugar de democràcia! también podría decir igualtat!, no? O educació obligatòria i gratuita! O sanitat universal! O cultura! O pau! Es decir, podría saludar otras conquistas que todos defendemos u otros deseos que todos compartimos. En cambio, los días que salgo con la candidez bajo control sólo pienso: otro cartel suntuario de Òmnium reclamando lo que ya tenemos. 
Cuelgan de las fachadas de Catalunya muchos carteles como ese. Òmnium puso en marcha una campaña a tal fin ante el Onze de Setembre. Y debió imprimir mucha propaganda, porque ahora, según anuncia su web, regala camisetas y zurrones con el democrático lema a quienes capten nuevos socios para la entidad. En la Assemblea ­Nacional Catalana (ANC), el otro gran motor del independentismo, son más parti­darios del do it yourself. En su web los fieles pueden descargarse los carteles de turno, imprimirlos a su cargo y acto seguido acatar la siguiente orden: “Empapera el teu poble o barri”. Por ejemplo, con carteles en los que se lea “Som república”. O bien “O república o república”.
Democracia y república son dos conceptos de los que el movimiento soberanista ha tratado de apropiarse, identificándolos con la independencia de Catalunya. Como si fueran lo mismo. Toda persona instruida sabe que la democracia es un sistema de gobierno donde los ciudadanos eligen a los gobernantes. Que la república es un modelo de Estado con un presidente en su cúspide. Y que la independencia es aquí otra cosa: un anhelo compartido el 21-D por el 47,5% de los votantes catalanes. O sea, hoy en día la fusión real –no la propagandística– de estos tres conceptos en uno es sólo virtual. 
El independentismo lo ve de otra manera. Porque piensa que al unir su objetivo a conceptos como democracia o república lo enaltece, le da brillo y lo blinda ante reproches. ¿Quién osaría pronunciarse contra la democracia o la república? Por ello, no está dispuesto a soltar dichos conceptos ni a aceptar que el primero, a diferencia del segundo, ya rige hoy tanto en España como en Catalunya; o que el independentismo, por mucho que vocee lo contrario, no siempre honra los valores democráticos ni los republicanos. Por ejemplo, no honró la democracia, sino que la ofendió, cuando se saltó la ley y ninguneó a la oposición del Parlament. Ni honran a la república los políticos de estilo rufianesco o esos llamados comités de defensa republicana que dedican sus esfuerzos a paralizar el país.
El proceso acabó devolviendo a Catalunya de la preindependencia a la preautonomía; es decir, acabó en fracaso. Ha echado a perder la convivencia entre catalanes, ha dañado su economía, ha subvertido el orden de prioridades propio de una sociedad con auténticos valores republicanos, ha triturado el sentido del ridículo así como nuestra imagen internacional, etcétera. Pero la lista de perjudicados no acaba ahí. Entre ellos se cuentan también los propios conceptos de democracia y república, que en manos de la ANC y Òmnium pierden esencias a la misma velocidad que van acumulando rémoras procesistas. 
Para los de mi generación, que fue joven en el tardofranquismo, la república era sinónimo de democracia. Franco había derrocado la Segunda República, había arrasado sus libertades e instituciones y las había sustituido por una dictadura. Y aunque la Segunda República española fue un sobresalto –y la antesala de otro sobresalto mayor: la II Guerra Mundial–, la percibíamos también como lo que de hecho fue en su día: un oasis democrático en una historia de España hecha de contrarreformas; un régimen en el que resonaban lejanos ecos de la democracia ateniense, o de la libertad, igualdad y fraternidad republicanas francesas.
Me pregunto qué concepto tiene hoy de la república un adolescente criado en una atmósfera política dominada por la agitprop indepe. Debe verla, quizás, como algo idealizado, identificable con la democracia en general –salvo con la española, que parece decrépita y putrefacta gracias a ciertos gobernantes– y, también, con una Catalunya libre guiada por hombres bondadosos, pacíficos y sin mácula, en la que sería inconcebible nada similar al caso Palau. En la que subirían mucho las pensiones y ataríamos los perros con longanizas. Jauja.
Pero otros, cuando vemos la democracia y la república asociadas a esa idea de ensueño de la independencia, tememos que conceptos tan respetables vayan perdiendo peso por el uso excluyente que parte de la población hace luego de ellos.

(Publicado en "La Vanguardia" el 21 de enero de 2018)