En tiempos de Franco, los asesinatos machistas solían denominarse crímenes pasionales. Se daba noticia de ellos en el semanario de sucesos El Caso, y no tanto en la prensa de información general como ocurre ahora. Sobre todo, cuando presentaban aspectos truculentos, como si fueran el fruto de una perversión particular y no de un sentir demasiado extendido, sintetizado en la copla La maté porque era mía.
La letra de tal copla sostenía que el deseo que inspiraba en un hombre una mujer era prioritario. Y que si no era correspondido y, de hecho, reconocido como un privilegio irrenunciable, se comprendía que el pretendiente enloqueciera transitoriamente y asesinara a golpes o cuchilladas a la mujer a la que decía amar.
Eso es lo que ocurría en los casos con final trágico. Pero la violencia estructural contra el ser supuestamente querido se dispensaba también con otra posología, en dosis más frecuentes. “A la mujer y a la burra, cada día una zurra”, aconsejaba el refranero, depositario de la sabiduría popular. He aquí un dicho dos veces ofensivo, por equiparar a un ser humano con otro irracional, y por invitar a la violencia siste­mática.
Luego pasaba lo que pasaba. Según solían admitir los agresores ya apresados, cabizbajos y aparentando contrición, había llegado un día fatal en el que se les fue la mano y mataron a la mujer que, por no avenirse a ser suya, ya no iba a poder compartir nada con nadie. Con esa música de fondo crecimos los de mi edad. Dadas las circunstancias, aún hemos salido medio bien.
Los tiempos cambian. La violencia de género ya no es percibida como un efecto venenoso e indeseado de la pasión, sino como una lacra que urge erradicar. El consenso es amplio y, en general, ha calado en las jóvenes generaciones. Siguen produciéndose agresiones machistas, pero ya no gozan de la comprensión proclamada por la copla. Sin embargo, el mecanismo argumental que sostenía la frase “la maté porque era mía” parece sobrevivir en otros ámbitos. Con consecuencias hasta hoy no letales, pero no poco lesivas. Por ejemplo, en el ideario del independentismo unilateralista, dispuesto a debilitar Catalunya de continuo, acaso porque cree que es suya y sólo suya. Si fuera así, cabría formular una paráfrasis del tipo “la dañé  porque era mía”.
A algunos lectores esta analogía quizás les parezca fuera de lugar. Insisto en que no alude al resultado final de una querencia obsesiva, sino a su mecanismo argumental. Estamos en vísperas de la sentencia del juicio del 1-O y llevamos semanas oyendo las llamadas de las entidades independentistas para paralizar el país, en caso de que el fallo no sea de su agrado. Marchas, cortes de carreteras, interrupción de la actividad habitual y quién sabe si otras acciones menos publicitadas son propuestas a la militancia como panacea y prueba de estima a su país.
Es preciso recordar, en este sentido, que las consecuencias de la unilateralidad registradas hasta ahora no han redundado en el bien de Catalunya. Fomentaron, por el contrario, su polarización y su desgaste, y apuntan hacia su progresiva irrelevancia. Primero fueron los miles de empresas lo­cales que trasladaron su sede fuera de Catalunya, no por motivos ideológicos, sino porque se sentían privadas de seguridad jurídica y financiera. Luego fue la paulatina mudanza de sus órganos de gobierno y, en consecuencia, el desgarro del tejido empresarial catalán. Luego llegaron las ventas de empresas locales de larga trayectoria a capitales extranjeros, con el consiguiente adelgazamiento de la burguesía. Y, a modo de guinda, muchos catalanes, entre los que no faltan próceres soberanistas, se han domiciliado en Madrid, en busca de una fiscalidad más ventajosa... para ellos y para la capital, pero no para Catalunya.
Nada de esto ha matado, todavía, a Catalunya. Pero todo la debilita. Como la debilitarán las alteraciones del orden anunciadas tras la sentencia. Comprendo, aunque no comparto, la aspiración de los independentistas. Pero es obligado decir que la estrategia de los más radicales, amparada por una presidencia de la Generalitat con la que la historia será inclemente, es comparable a la de los que se disparan un tiro en el pie. También, que está por ver que así se perjudique el prestigio y la economía del Estado español, como pretenden los más soñadores, pero ya es obvio que se daña a Catalunya. Llevamos siete años en esta deriva, un lapso excesivo, que en un país de veras eficiente habría acabado ya varias veces con una dirigencia más apasionada que capaz. Es cierto que queda mucho que hacer para mejorar la relación con España –y, si son condenados, para lograr la pronta libertad de los presos–, pero también lo es que la vía de los exaltados no lleva lejos.
Catalunya es de todos y no es de nadie. Quienes creyéndola suya traten de paralizarla no lograrán sino perjudicarla más. Por mucho que digan quererla.

(Publicado en "La Vanguardia" el 13 de octubre de 2019