La corbata y lo otro

11.10.2015 | Opinión

Ahora sí: la corbata agoniza. Lo que no consiguieron los descamisados en Francia ni los seguidores de Mao en China ni los hippies de California están a punto de lograrlo los diputados de Junts pel Sí. El primer día de este mes, la mayoría de ellos posaron en la escalera del Parlament. En la foto resultante aparecen 38 hombres, de los cuales sólo tres lucen corbata. En la imagen del grupo de CiU tomada en el mismo lugar tras las elecciones del 2012, todos los diputados, sin excepción, la usaban. Desde Artur Mas –en primera fila en ambas instantáneas– hasta el último pipiolo.

En Catalunya vivimos tiempos de cambios, según se nos dice. Pero mientras no se concreten las transformaciones estructurales conviene ir avanzado, al parecer, en las simbólicas. Quizás la CUP –el indeseado compañero de cama de los soberanistas de orden– sepa apreciarlo. Anna Gabriel, figura ascendente del partido anticapitalista, asocia a los corruptores con “la gente de corbata”. Y, puestos a soltar lastre y a dar una imagen más campechana, es más fácil desprenderse de la corbata que de lo otro.

Aunque los romanos ya usaron algo similar a esta prenda cuando la guerra de las Galias –hacía frío y había que protegerse el cuello–, la corbata, tal y como la entendemos, no empezó a imponerse en Europa hasta mediado el siglo XVII. Su nombre significa en origen croata, puesto que fueron mercenarios de caballería de Croacia, que habían luchado en las filas del imperio sueco en la guerra de los Treinta Años, los que la exhibieron durante una visita a París, cautivando a la corte de Luis XIV.

Es verdad que la corbata se ha cargado a lo largo de los siglos con muchas leyes, y que se ha connotado como un signo de clase y estatus. Beau Brummell, príncipe de la elegancia, desesperaba a su planchadora y a su valet, porque solía probarse y desechar decenas de corbatas de un blanco impoluto antes de redondear el nudo perfecto. Para él, la corbata era una suprema expresión de su personal dandismo. Pero a partir del momento en que las public schools, los colleges universitarios, los regimientos y los clubes británicos se dotaron de sus propias corbatas, la cosa cambió. La corbata, que ya era prenda de rigor social –negra a diario, blanca para los saraos nocturnos y de gala– se acreditó como distintivo social. Los manuales de etiqueta ingleses sentenciaron entonces que sólo había una cosa peor que no usar regularmente corbata: lucir la de una institución a la que uno no había pertenecido.

Los catalanes descorbatados que aspiran a construir la nueva Catalunya no corren ese último peligro. Buena parte de ellos pertenecieron a la vieja Catalunya y contribuyeron a hacerla como fue y como es. Son muy libres de convertir ahora sus corbatas en el chivo expiatorio del nuevo orden. Pero eso es pura filfa. Los cambios que el país de veras necesita no empiezan ni acaban ahí.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 11 de octubre de 2015)