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La catedral (del pintor)

15.03.2014 | Crítica de arquitectura

“Mira, es como una catedral”, dice el pintor Eduardo Arranz-Bravo ante su nuevo estudio de Vallvidrera: un único volumen de hormigón, sin otra abertura a la vista que la de acceso; un volumen donde no se distingue el material de los muros del del techo, formado por una pirámide irregular a cuatro aguas. Dentro de él, los cuadros abstractos nos indican que no estamos en un recinto religioso. Pero la atmósfera de este espacio único, donde las palabras resuenan como cánticos, sí es la de un templo: la planta es generosa (12,5 por 13,5 metros) y los muros se elevan verticales hasta los cinco metros, para luego plegarse en cuatro planos que convergen hacia lo más alto de la pirámide, truncada para generar un gran lucernario romboidal. Aquí trabaja Arranz-Bravo, solo, sin vistas exteriores, en un espacio a la vez imponente y acogedor.

Este estudio se levanta en la vertiente norte del Tibidabo, entre vegetación, junto a la vivienda del pintor proyectada por Lanfranco Bombelli. La primera decisión de los arquitectos Garcès-De Seta-Bonet fue colocarlo sobre el terreno en pendiente de modo que permitiera conexiones con la casa sin cambio de cota. La segunda fue dar al pintor un espacio único, recogido y holgado. Y la tercera fue ofrecer este aspecto monolítico, rotundo, que le confiere aires catedralicios, pero también lo convierte en una casita llevada a la gran escala, como si fuera un Oldenburg.

Hay en este edificio una planta inferior, donde se descubre una zona de reserva y un taller de escultura abierto, este sí, al paisaje. Tal abertura se obtiene mediante el vuelo de la estructura, que

puede prescindir del zócalo gracias a la compacidad de la gran caja de hormigón que es esta obra. Una obra en la que está presente la esencia austera de la trayectoria de Garcès, refrescada con un toque pop por sus jóvenes asociadas.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 15 de marzo de 2014)