Al editor Jaume Vallcorba, fallecido hace ahora cuatro años, le gustaba escuchar una cantata de Bach nada más despertarse. Decía que la belleza y la armonía de estas piezas le inspiraban la jornada. Con una cantata bastaba. Al día siguiente, otra. Y así sucesivamente.
 El jueves, recién duchado, volví a escuchar a Aretha Franklin, fallecida la semana pasada. La experiencia fue, como de costumbre, conmovedora. Obviamente, el compositor de Eisenach y la cantante de Memphis tienen poco que ver. Salvo que los dos son, cada uno en su campo, auténticos fuera de serie.
Las cifras de Aretha son excepcionales: 75 millones de discos vendidos y la primera plaza en la lista de mejores cantantes pop de todos los tiempos publicada por la revista Rolling Stone en el 2010. Pero en el caso de Aretha, los números importan poco. Lo que cuenta son sus canciones. Y, en ellas, una voz privilegiada, de fuerza, registro, flexibilidad y ritmo apabullantes; y, gracias a esa voz, a cómo supo usarla, una arrolladora capacidad para emocionar al oyente y convertirle en admirador de por vida.
Cuando Aretha canta Respect despliega un talento, una comodidad en las notas altas y un dominio del oficio únicos, y de paso convierte este tema de Otis Redding en un manifiesto feminista. Cuando, al cantar Think, Aretha pronuncia y repite la palabra Freedom parece como si lo hiciera en nombre de todas las personas sojuzgadas a lo largo de la historia. Cuando ataca el crescendo vertiginoso de I say a little prayer, o cuando recrea The house that Jack built, anda siempre por las nubes, sin perder el compás ni el ritmo, floreando, y muy por encima de un coro que lo da todo y se desgañita en el intento. Cuando canta Chain of fools es, simplemente, inimitable e inalcanzable. No hay otras cantantes como Aretha Franklin. Ella fue la que mejor cantó, la que se expresaba en el escenario o los estudios, y la que luego desaparecía, porque no tenía ya necesidad de demostrar nada, ni de aparentar nada, ni de cultivar la atención mediática. 
Pese a que pertenecía a la aristocracia musical negra, y pese a que en su vida había excesos y turbulencias suficientes para nutrir todos los programas televisivos de cotilleo y todas las revistas pobladas por famosos.
Aretha no precisaba de homenajes porque ya tenía el respeto y el afecto de cuantos la habían escuchado. Por eso ha caído tan mal el mezquino tributo que le dedicó Madonna el lunes en la gala de los premios MTV: cinco minutos de cháchara en los que la neolagarta, vestida en ocasión de bereber –¡para cuando el disfraz de lagarterana!–, aprovechó el funeral para echarse flores a sí misma...
 También en este caso, una y otra tienen poco que ver. Salvo ser, cada una en su campo, auténticas fuera de serie. Aretha, como la más genuina de las cantantes. Y Madonna, como la mayor recicladora de brillos ajenos.

(Publicado en "La Vanguardia" el 26 de agosto de 2018)