La batalla de la mezquita

02.03.2014 | Opinión

De quién es la mezquita de Córdoba? Según la Unesco, es patrimonio de la humanidad. Pero según el obispado cordobés, que en 2006 la inmatriculó por 30 euros en el Registro de la Propiedad, aprovechando una reforma aznariana de la Ley Inmobiliaria, es suya. Y no se llama ya mezquita, ni siquiera mezquita-catedral, sino Santa Iglesia Catedral de Córdoba, según se precisa en entradas, carteles y demás papelería oficial.

La mezquita está dando qué hablar estos días. Una plataforma ciudadana constituida a finales de 2013 ha denunciado el uso excluyente del monumento y ha publicado un manifiesto en el que reclama que vuelva a denominarse mezquita-catedral, que sea de titularidad pública, que se gestione de modo transparente (algo aconsejable, cuando tiene alrededor de 1,3 millones de visitas anuales y las entradas están a 8 euros –las nocturnas, a 20–), y que se consensue un código de buenas prácticas para su administración. La Junta de Andalucía ha invitado al obispado a dialogar, sin descartar la vía judicial. Y el obispo, Demetrio Fernández, ha optado por no decir ni mú. Fuentes jurídicas apuntan que la inmatriculación no da al obispado un derecho de propiedad real sobre el inmueble. Pero advierten que, pasados diez años (o sea, en 2016), y en virtud de la usucapción, o derecho adquirido por uso continuado, eso puede cambiar.

La mezquita de Córdoba echó a andar en el año 785, cuando Abderramán I inició sus obras sobre la iglesia visigótica de San Vicente. Siglos después, a resultas de la Reconquista, se convirtió en catedral católica, y a partir de 1523 se incrustó en su interior una basílica de corte plateresco. (Digo incrustó y lo digo en positivo: Sevilla no tuvo suficiente con eso y arrasó su mezquita para edificar su catedral). Pero, además de un edificio concebido para el culto, la mezquita de Córdoba es un monumento arquitectónico de primer orden, cuyo bosque de columnas propicia una experiencia espacial única. Eso es al menos –me atrevo a afirmar– lo que sienten y aprecian la gran mayoría de quienes viajan a Córdoba atraidos por su encanto.

A la Iglesia católica, que suele simular desprendimiento cuando se trata de asuntos materiales, no debería importarle tanto la titularidad del templo. Quizás debiera preocuparle más que la gestión del mismo contribuya a la concordia o, al menos, a la pacífica convivencia entre las distintas sensibilidades. Por varias razones. La primera porque de facto, y desde hace muchos años, su función principal es ya acoger en sus naves a personas de toda procedencia, condición y credo, más que a fieles. Y, la segunda, porque del mismo modo que la catedral late dentro de la mezquita, la mezquita late dentro de Córdoba, cuya tradición como foco de convivencia entre culturas, entre judíos, cristianos y árabes, sufrirá daños irreparables si la batalla de la mezquita no acaba pronto en pacto y armisticio.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 2 de marzo de 2014)