Kim y Dennis

02.02.2014 | Opinión

Kim Jong-un, el rollizo dictador norcoreano, ordenó ejecutar a su tío y luego se fue a ver un partido de baloncesto. Bueno, entre una cosa y otra pasaron unos días, pero el orden de los hechos fue ese. Jang Song Thaek, tío de Kim y uno de los –digamos– cerebros del régimen norcoreano, cayó en desgracia y fue liquidado en diciembre. En enero, Kim era agasajado por el baloncestista norteamericano Dennis Rodman, que jugó junto a otros veteranos de la NBA un partido en su honor en Pyongyang, e incluso le cantó “Cumpleaños feliz” con voz cazallosa, como si él fuera Marilyn y Kim, Kennedy.

Rodman ha viajado varias veces a Corea del Norte en pocos meses, convencido de que él y Kim estaban protagonizando un nuevo caso de deshielo por vía deportiva (como Nixon y Mao cuando la diplomacia del ping-pong). En un país donde sus compatriotas pueden ser acusados de espías y encarcelados, Rodman era bienvenido. Al líder norcoreano le gustaba charlar y fotografiarse con él, afectando una amistad correspondida y, de paso, abriendo una fisura en el cerco al que le somete el mundo. Kim no es el único político con ese feble. A muchos les place retratarse con deportistas, para asociarse a sus éxitos y chuparles sangre mediática. Unos creen que dinero trae dinero. Y otros, que fama trae fama. ¡Ay!

En algunos países, estas vampirizaciones son más factibles que en otros. En España, los políticos han podido elegir entre campeones del mundo de fútbol, ciclistas ganadores del Tour o tenistas número uno. En Corea del Norte hay que importar. Si Kim Jong-il, su difunto padre, importaba cajas de coñac de Francia, Kim Jong-un buscó grandes deportistas “amigos” en EE.UU.. Algún asesor mediático le diría que el más asequible era Rodman, sin fijarse en su historial. Es cierto que Rodman fue un gran defensa, jugó con los Pistons, los Spurs, los Bulls, los Lakers o los Mavericks y sumó cinco títulos. Pero se ganó también renombre por sus trifulcas con árbitros y fotógrafos, sus amoríos, tatuajes, piercings y tintes de pelo; por su afición al travestismo, a beber, al escándalo y a liarla en general. Su biografía se titula “Bad as I wanna be” (tan malo como quiera ser). Y su vodka favorito es “Bad Ass” (culo malo). A Rodman le gusta dar qué hablar. Y con él amistó Kim Jong-un.

La parte graciosa de esta historia llega ahora. El 19 de enero, nada más regresar de Corea del Norte a EE.UU., Rodman ingresó en un centro de rehabilitación de alcohólicos. “Su ingesta de licor ha subido en Corea a niveles nunca vistos”, confesó su mánager. El amigo americano le salió dipsómano al muy formal Kim Jong-un. ¿Qué cara se le pondría al saber que por las venas de su admirado Rodman corría tanto vodka? ¿Le había contagiado su decadentismo occidental? Quien sabe. Yo diría que se llevó un gran chasco. Y añado que no querría estar en la piel del asesor mediático del amado líder. Puede pasarle lo que al tío Jang.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 2 de febrero de 2014)