Inmortalidad digital

27.07.2014 | Opinión

No hay seres humanos inmortales. Tarde o temprano, todos palmamos. Se solía decir de quienes habían hecho cosas de mucho mérito que se convertían en inmortales. Pero era en sentido figurado: perduraba el recuerdo de sus pensamientos, sus libros o sus hallazgos científicos. Ahora bien, su carne era perecedera; sus huesos se convertían en polvo. Porque el cuerpo del mejor poeta tiene fecha de caducidad, como el del analfabeto. Siempre queda el recurso de momificarlo, es verdad. Pero, francamente, ¿a quién le apetece ser una momia inmortal?

Así eran las cosas hasta que se popularizaron las redes sociales. Hoy uno se muere y deja un muro en Facebook, una colección de fotos disponible a través de Google, el vídeo de una boda o de una cena de exalumnos o de una conferencia colgado en la nube. A algunos eso les trae sin cuidado. Otros, en cambio, empiezan a pensar en su inmortalidad digital el mismo día en que les diagnostican una enfermedad fea, o incluso estando sanos como una manzana. En ambos casos el objetivo es el mismo: perpetuar y controlar post mórtem la propia imagen.

Hay ya en el mundo empresas que se dedican a este negocio; que permiten cargar álbumes fotográficos, cartas o vídeos expresamente grabados para los deudos. O para los nietos, bisnietos y tataranietos que todavía no existen ni en la imaginación de sus futuros padres. Dichas empresas garantizan a sus clientes una presencia de siglos en la red, discrecionalmente dosificada. “Si acepta nuestros servicios -dice el portavoz de una de ellas-, se asegurará de que su esencia le sobrevive en internet. Engañará a la muerte”. Otras firmas van más allá y se publicitan con un lema de este tenor: “Su corazón dejará de latir, pero usted seguirá tuiteando”. Todo ello, gracias a un servicio que revisará los tuits redactados en vida por el finado, analizará su sintaxis e intereses, y seguirá escribiéndolos en su lugar. At aeternum.

En este asunto, como en otros, prefiero la moderación. Entiendo que a la gente le cueste asumir la idea de que es mortal. Incluso que crea de alguna utilidad perpetuar un eco de su existencia en las redes. Pero quisiera también advertir sobre los riesgos que estas iniciativas comportan para los vivos de verdad cuando se exacerban. Nuestra existencia es ya un continuo bombardeo de mensajes, algunos agradables; otros, innecesarios o impertinentes. De modo que la periódica aparición en nuestras pantallas de ancestros que deberían descansar en paz, recordándonos sus querencias y logros, puede tener efectos indeseados. A ellos eso no les devolverá la vida. Y a nosotros, si insisten mucho, nos asaltará la tentación de marcar su mensaje como spam . Las redes sociales ofrecen muchas ventajas. Pero, créanme, el único lugar donde los muertos perviven de veras es en el recuerdo de quienes no quieren ni pueden olvidarles.

Destacado: El único lugar donde los muertos perviven de veras es en el recuerdo de los que no quieren olvidarles

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 27 de julio de 2014)