Tanto si conserva el acceso al mercado único europeo como si opta por el acuerdo de libre comercio, el Reino Unido verá dañada su economía cuando se materialice el Brexit: en los próximos quince años, crecerá entre un 5% y un 8% por debajo de lo previsto. Eso es al menos lo que anuncia un informe secreto gubernamental de enero, que ha acabado siendo divulgado por la prensa y ha motivado la comprensible inquietud entre los británicos, aumentada si cabe por los desmentidos oficiales.
Los informes secretos gozan de un aura especial. Los papeles confidenciales, los documentos clasificados y el sello top secret nos remiten a un mundo de poder en la sombra, de intrigas, donde los elegidos se mueven sigilosamente y toman decisiones trascendentales para los ciudadanos. Pero luego resulta que el destino de esos informes secretos, además de alertar (inútilmente) a los mandatarios sobre el rumbo de colisión que han fijado, es dejar de ser, tarde o temprano, secretos.
Esta realidad tiene sus reflejos en el ámbito de la ficción, como nos recuerda una de las películas en boga, Los archivos del Pentágono. En ella, Steven Spielberg recrea la lucha por la libertad de expresión de los grandes diarios de EE.UU., que en 1971 divulgaron un informe secreto cuyo contenido cabe resumir así: las cuatro últimas administraciones presidenciales sabían que la guerra de Vietnam no se podía ganar y, sin embargo, seguían enviando allí a sus reclutas.
Casi medio siglo separa ambos documentos, referidos a coyunturas diversas pero que arrojan una enseñanza semejante: algunos gobernantes bien informados se aferran a sus decisiones políticas pese a saber que perjudicarán a sus gobernados. Y, encima, son reelegidos.
Hablando de informes, aunque a otra escala, el martes se divulgó el de la Fundación Contemporánea, en el que Catalunya queda ya por detrás de Madrid y el País Vasco en cuanto a oferta cultural, y en el que los grandes museos de Barcelona están por detrás de los de Madrid (Reina Sofía, Prado, Thyssen), Bilbao (Guggenheim) o Santander (Centro Botín, en su año uno).
Aquí no estamos hablando ya de un informe del Gobierno. Ni siquiera secreto. Pero sí de uno relevante. En una sociedad avanzada y medianamente sensata, la cultura debe ser una prioridad. Pero aquí hace tiempo que eso no ocurre. Por desgracia, la postración de Barcelona en lo tocante a museos y exposiciones es ya casi una tradición, reconfirmada ahora por el sonrojante informe al que nos referimos. Quienes reiteran su denuncia sobre este estado de cosas corren, pues, el riesgo de convertirse en unos pesados. Si yo denunciara, por ejemplo, la insensibilidad de los medios públicos, que el mismo día en que apareció el informe sólo tenían ojos para la aplazada e improbable sesión de investidura del hombre que se fue a Bruselas, pasaría por plasta y botifler.
¿Quiere todo eso decir que la actividad cultural es plana en Barcelona? No. Algunas instituciones luchan denodadamente para sobrevivir con dignidad. Y lo consiguen. Pero supervivencia no equivale a excelencia, ni dignidad a progreso.  Me dirán que, en una Catalunya independiente, esto no ocurriría, porque Barcelona no tendría ya que compararse con Madrid ni con Bilbao. Podría compararse con ciudades más cercanas. Y así iría acomodándose a una talla menguante, sin informes inoportunos ni mala conciencia, ajena a lo que le oí decir al alcalde de Londres, Sadiq Khan, en la presentación de la New Tate Modern hace dos años (y hoy me permito repetir): “La cultura va a tener un papel central durante mi mandato, junto a la vivienda social, el medio ambiente y el transporte (…) Vamos a integrar la cultura en nuestra planificación general, porque la cultura contribuye de modo esencial a hacernos mejores (…) Queremos un Londres donde la cultura lidere”.
Sadiq Kahn no es partidario del Brexit. Ya ha dado a entender que apoyaría otro referéndum. Y el mes pasado alertó que la ruptura con la Unión Europea adentraría a su país en “una década perdida”. No se equivoca. Las ciudades que aspiran a destacar saben que deben cuidar de su economía, que las hace competitivas, y de su cultura, que las mejora con instituciones y programas culturales de peso. Sin embargo, ni la economía ni la cultura atraviesan ahora su mejor momento aquí. En Catalunya, y por tanto en Barcelona, la economía sufre los efectos de una gestión política que ahuyenta a bancos, empresas e inversores. Y la administración tiene sus museos y demás equipamientos culturales al ralentí. Entretanto, en el inframundo de los arribistas la actividad es frenética para ocupar las direcciones de centros culturales que quedan vacantes.

(Publicado en "La Vanguardia" el 4 de febrero de 2018)