BENJAMÍN Netanyahu, premier israelí que el próximo martes opta a un quinto mandato, sería el principal beneficiario de una trama de cuentas falsas de Twitter que difunden mensajes favorables a su candidatura y denigratorios para sus rivales. Netanyahu escatima las comparecencias de prensa y prefiere dirigirse al electorado con tuits. Los usos sociales son terreno abonado para su estrategia: los israelíes, como los ciudadanos de tantos países, dedican más tiempo a curiosear en las redes desde sus teléfonos móviles que a cultivarse. Su candidez y su indefensión parecen crecer en proporción inversa a su sentido crítico.
El uso sectario, tramposo y masivo de las redes sociales para favorecer un mensaje político y atacar al resto es ya una práctica consolidada. Donald Trump se sirvió de ella para llegar a la Casa Blanca, mientras Facebook cedía datos de sus usuarios a la tenebrosa consultora Cambridge Analytica. Steve Bannon, su jefe de campaña, apoya ahora en Europa a la ultraderecha, a la que instruye en sus artimañas digitales. El primer referéndum del Brexit estuvo infectado por acciones similares. En la Rusia de Putin hay factorías insomnes de noticias falsas, desde las que se apunta y dispara contra grupos sociales preseleccionados, donde quiera que estén, influyendo en su devenir. Ya conocemos muchos casos de abuso de las redes y de sus cándidos usuarios. Pero lo que ignoramos quizás sea más.
Vivimos en la era de la revolución digital, que es también la de la indefensión digital. Nos dicen que nuestro ordenador o nuestro móvil son la puerta de salida hacia un mundo de opciones infinitas. En realidad, son la puerta de entrada para todo tipo de vendedores de productos o ideas, a menudo enmascarados y con intenciones aviesas. Es habitual que tras comprar un billete de avión desde nuestro ordenador, digamos por 150 euros, recibamos en nuestra pantalla durante días ofertas para volar al mismo destino por “a partir de 7 euros”. Lo cual nos induce a pensar que somos incautos, que los vendedores lo saben y que no se ahorran cierto recochineo. Pero quizás no sea menos frecuente que nos estén bombardeando con mensajes que no persiguen nuestro dinero, sino nuestro voto.
La revolución digital avanza deprisa y es muy prometedora. Pero también acapara poder, tuerce voluntades, recorta libertades, afianza oligopolios y transforma en clientes y súbditos a una ciudadanía global inerme, cuyos datos maneja como quiere. Quienes ocupan altas atalayas (pero aún no se han pasado al lado oscuro) nos aconsejan redactar ya una constitución digital que salvaguarde los derechos de los ciudadanos en la red y palie su indefensión. Son voces en el desierto. Aquí, unos y otros siguen priorizando las discusiones sobre banderas y lazos, sobre ofensas imperdonables, sobre separaciones y unidades administrativas... ¿Se puede ser más miope? Me temo que sí.

(Publicado en "La Vanguardia" el 7 de abril de 2019)