Antes de cumplir los diez años, y a lo largo de varios, Wade Robson y Jimmy Safechuck fueron sometidos a abusos sexuales por la estrella del pop Michael Jackson. Esto es lo que le cuentan al laureado cineasta Dan Reed en Leaving Neverland, un documental de HBO estrenado en Sundance y emitido esta semana en EE.UU. y el Reino Unido.
Robson y Safechuck, que al acercarse a la pubertad fueron repudiados por Jackson y sustituidos por otros más jóvenes, no escatiman detalles escabrosos en el documental. Narran desde el modo en que fueron seducidos por el cantante hasta las prácticas sexuales en que les inició, pasando por las joyas y demás regalos que ellos o sus padres recibieron a cambio. Quienes lo han visto hablan de una experiencia perturbadora.
Jackson murió hace diez años debido a una sobredosis de Propofol, el anestésico que aquí se usa para las colonoscopias y en el rancho californiano, una telaraña para impúberes, adormecía quizás remordimientos. Él ídolo ya no puede responder por sus abusos. En 2005 tuvo que hacerlo ante un jurado, debido a la denuncia de otra de sus presas infantiles, Jordan Chandler. Pero fue absuelto tras llegar a un acuerdo privado que incluía el pago de quince millones de dólares y una cláusula de confidencialidad.
Este documental ha suscitado dos reacciones. Por una parte, la de los familiares y herederos de Jackson, que han interpuesto demandas millonarias, o la de ultra fans que han amenazado de muerte a Robson y Safechuck. Por otra parte, la de quienes consideran intolerables los abusos a menores y creen que la admiración que sintieron hacia Jackson ha sido torpedeada y hundida. Emisoras de radio de varios países han decidido no volver a emitir una canción de Jackson.
Comprendo este impulso de dar muerte civil al difunto Jackson, tanto el de quienes ya no pueden escuchar su música sin recordar sus crímenes como el de quienes han decidido condenarle al silencio. Pero, como prueba el documental, el silencio no es lo mejor. Hay que hablar. Quizás las víctimas, paralizadas por la vergüenza y la culpa, no puedan hacerlo hasta años después. Pero el resto debemos hablar. Debemos recordar que el abuso deja en quien lo sufre graves secuelas. Que es en todo caso inadmisible, y más si quien lo comete se vale de su celebridad. Que es espantoso que el culto a la estrella, que compartían las víctimas y sus padres, hiciera creer a estos que podían dejar a sus hijos en la alcoba de Jackson. Que no es aceptable que la industria musical o el entorno del cantante mirara a otro lado cuando sus abusos, como los del productor de cine Harvey Weinstein, eran un secreto a voces. Y que aquel mosaico de flores, fotos y mensajes de amor, que los fans depositaron a las puertas del rancho Neverland cuando Jackson murió, ya no reflejan su admiración y su inocencia, sino los riesgos de la idolatría ciega y de la ignorancia.

(Publicado en "La Vanguardia" el 10 de marzo de 2019)