Una de las primeras medidas adoptadas por el nuevo Ayuntamiento de Madrid que encabeza José Luis Martínez-Almeida (PP), con el apoyo de Ciudadanos y Vox, ha sido la suspensión de las multas a los automovilistas que entren en la zona Madrid Central conduciendo coches no autorizados. Es decir, la prioridad del nuevo Consistorio ha sido empezar a desmantelar la gran medida medioambientalista de la alcaldesa Carmena para reducir los niveles de contaminación en el centro de la capital, limitando el paso a los vehículos que más la incrementaban.
Los motivos de Carmena para establecer estas restricciones eran varios. Desde proteger la salud de los madrileños –cada año mueren en España unas 30.000 personas debido a la contaminación– hasta evitar onerosas sanciones de la Comisión Europea, derivadas de procesos judiciales similares a los ya padecidos por Alemania, Francia o el Reino Unido.
¿Obedece este desmantelamiento de Madrid Central a su ineficacia? Dice el PP que sí. Pero, según Ecologistas en Acción, los niveles de dióxido de nitrógeno bajaron a mínimos históricos en las estaciones de control desde la aplicación de Madrid Central. Y en la más céntrica, la de plaza del Carmen, cayó en lo que va de año un 44% respecto al 2018.
¿Qué motiva entonces a Martínez-Almeida? Pues una mezcla de argumentos, entre ellos las supuestas quejas de los comerciantes. Y, sobre todo, el hecho de que siendo Madrid Central un proyecto estrella de Carmena, sus rivales lo situaran ya durante la campaña electoral de las municipales en la picota.
Hay que citar otra causa, que aportó Isabel Díaz Ayuso, joven política designada por Pablo Casado para llevar las riendas de la Comunidad de Madrid. En pocos meses –fue presentada como candidata en enero, tras ocupar una breve vicepresidencia con Ángel Garrido–, Díaz Ayuso ha ido ganando espacio bajo los focos. Y la verdad es que en tan poco tiempo ha prodigado declaraciones espectaculares. Por ejemplo, su propuesta para que los concebidos no nacidos fueran considerados como un miembro más de la unidad familiar. O su defensa de los empleos basura. O la afirmación –esta es mi favorita– que pronunció el día de la manifestación derechista en la plaza Colón, indicando que “se han reunido 40.000 personas, pero si contamos a las que no han venido serían muchas más”.
El argumento dado por Díaz Ayuso para desmontar Madrid Central fue que los atascos son parte de la identidad cultural de Madrid. “No creo que nos lo pasemos bien en los atascos –añadió–, pero son un signo de identidad cultural de nuestra ciudad, donde las calles están siempre vivas”.
Ciertamente, todas las ciudades tienen una identidad. Y la de Madrid, además de los atascos, la configuran los churros y las porras, los bocadillos de calamares, las celebraciones futbolísticas alrededor de Cibeles, el chotis y los chulapos (reencarnados por cierto en políticos de todo signo en el último San Isidro). También el Museo del Prado. O la movida de los años ochenta. Todos ellos son signos de identidad. Pero no todos son comparables. Unos  denotan apego al pasado y sus tradiciones, al casticismo. Otros son sinónimo de excelencia. Otros nos hablan de que la capacidad de transformación, renovación y respuesta a los retos del presente son signos de identidad, acaso más interesantes.
No debe ser esta la opinión de Díaz Ayuso, para quien la identidad de una ciudad no es algo que haya que ir ­puliendo: es mejor conservarlo tal cual, nos guste o no, aunque cause más problemas que satisfacciones.
Es verdad que a todos nos gusta disfrutar, ni que sea ocasionalmente, de la vida nocturna de Madrid. Pero afirmar que sus consecuencias indeseadas –los atascos, la congestión, el ruido, la suciedad– forman parte de la identidad local y, por tanto, pertenecen a la casta de los intocables, es algo que tiene difícil defensa. Y menos cuando el precio que debe pagarse por mantenerlas es alto para la salud colectiva.
La medida del nuevo Ayuntamiento ha causado asombro en Europa, donde ya se atribuye a Madrid el dudoso honor de ser la primera urbe que se dispone a revertir un plan de rebaja de las emisiones de gases nocivos. A mí lo que me causa mayor sorpresa son otras dos cosas. Por una parte, que se dé más valor a un modelo identitario fosilizado que a un tipo de identidad definido por el dinamismo y la adaptabilidad a los requerimientos actuales. Por otra, me sorprende –y ofende– que algunos políticos a los que se suponen luces y vocación de servicio público tomen medidas tan discutibles y, encima, las argumenten de modo menesteroso, como si las tragaderas de los ciudadanos ya fueran oceánicas.

(Publicado en "La Vanguardia" el 23 de junio de 2019)