Arco le hizo un favor al artista político Santiago Sierra cuando, en febrero, censuró su obra Presos políticos y forzó su retirada del stand de la galería Helga de Alvear. No es necesario decir que la decisión de Arco fue errónea, rancia e inadmisible; un tiro en el propio pie de una feria que se ufana de su cosmopolitismo. Tampoco estuvo brillante la galerista, que debía haber montado un pollo en lugar de acatar la censura. Quién sí ganó fue Sierra: el suceso dio nuevo realce a su carrera, rica en escándalos similares. Tantos, que no sabría atribuir su paternidad a la intolerancia ajena, al accidente o a la astucia del creador. ¿Sierra es de los que busca o de los que encuentra?
El escándalo favoreció a Serra, porque propició la compra de su obra por el empresario catalán Tatxo Benet, que pagó 80.000 euros por ella y la envió de inmediato a una “gira de la libertad” por diversos museos... Y también han sacado tajada otros. Como los soberanistas, que han incluido el caso en su lista de agravios, porque Junqueras y otros figuran entre los presos retratados por Sierra.
Cuanto más se encona la batalla con el pérfido centralismo, menos necesario les parece a los independentistas decir toda la verdad y nada más que la verdad. Así, los políticos presos por haber vulnerado la ley nos son presentados como presos políticos. Así, la democracia no existe en España (pese a que se puede tumbar un Gobierno con una moción de censura). Así, tal democracia es de baja calidad (¿comparada con cual? ¿con la de Puigdemont, que debe ser prémium?). 
En esta guerra, como en todas, hay daños colaterales. Por ejemplo, los referidos a criterios de calidad artística. El recientemente dimitido Juanjo Puigcorbé, que aparcó su prometedora carrera actoral para enrolarse en ERC, gesto gratificado con un cargo cultural en el Ayuntamiento y otro en la Diputación, hizo una comparación chirriante (y errónea) al presentar Presos políticos en el CCCB. Vino a decir que la obra de Sierra –una serie de fotos pixeladas de diversas víctimas de los rigores estatales– era comparable a los Fusilamientos del 3 de mayo de Goya, el Gernika de Picasso o La carga de Ramon Casas. Y se quedó tan ancho.
¿Tiene derecho Puigcorbé a decir eso? Como particular, sí. Como responsable cultural, no. Al menos, si aspira a no hacer el ridículo. Las tres obras mencionadas, y en particular las de Goya y Picasso, son de una intensidad y un desgarro monumentales. Las imágenes reproducidas mecánicamente por Sierra carecen por completo de tales atributos. Tampoco es comparable el trato que les dio el poder en su día: el Gernika fue un encargo gubernamental. Y es muy probable que la fama de Presos políticos se desvanezca mucho antes que la de las obras de Goya y Picasso. En efecto, el tiempo todo lo pone en su sitio. Pero, entretanto, tenemos que oír palabras como las de Puigcorbé, que unos calificarán de hipérbole y otros, quizás más precisos, de tontería.

(Publicado en "La Vanguardia" el 17 de junio de 2018)