Han pasado diez años

22.02.2015 | Opinión

Estamos en el Any de les Biblioteques –lo inauguró el president Mas el viernes–, pero seguimos sin Biblioteca Provincial. En el 2015 podríamos haber conmemorado el décimo aniversario de su apertura. Porque el 2005 fue la última fecha que se fijó, a principios de siglo, para su inauguración, cuando parecía que el viejo mercado del Born se convertiría en un gran equipamiento dedicado al libro y la lectura. Pero luego asomaron las ruinas de la Barcelona de 1714 y se alzaron voces exigiendo destaparlas, exhibirlas e incluso venerarlas. Se produjo un desigual debate entre partidarios de “la defensa del simbolismo de las piedras y la necesidad contemporánea de la biblioteca” (según la web del actual Born Centre Cultural), que ganaron los primeros. En el 2002 todavía parecía que ruinas y biblioteca convivirían; pero a fin de año se decidió que la biblioteca iría a otra parte.

Diez años ya. O más, si consideramos que circularon noticias sobre la nonata biblioteca en los años 80 y 90, cuando el Ayuntamiento, el Ministerio de Educación y Cultura (que pagaba la obra) y la Generalitat empezaron a hablar, hasta llegar a un acuerdo en 1997. Diez años en los que hemos asistido a la larga gestación del Born Centre Cultural, a su apertura en el 2013 y a su afirmación como altar y caja de resonancia del soberanismo a lo largo del 2014, año del tricentenario de la caída de Barcelona.

¿Qué ha sido del proyecto de la Biblioteca Provincial en este decenio? Recapitulemos: primero se buscó un emplazamiento alternativo al del Born y se halló en lo que había sido el aparcamiento de la estación de França –cuyo subsuelo debe de carecer por completo de restos arqueológicos–. Más tarde se convocó un concurso arquitectónico que ganó en el 2010 Josep M.ª Miró. Pero quien pasee por la zona verá que no hay obras en curso, y que por tanto la Biblioteca Provincial sigue en el limbo. Y, si pregunta, quizás le cuenten que la comisión interinstitucional que debe velar por su construcción ha pasado años sin reunirse.

¿Por qué ha tenido tan mala fortuna este equipamiento? Unos responderán que porque el apellido “Provincial”, de ecos preautonómicos, no la ha hecho atractiva para los gobiernos nacionalistas catalanes. Otros, que la red ya existente de bibliotecas basta. Otros, que hubo crisis, desidia y desavenencias entre Generalitat y Estado… Pero quizás la clave fue que alguien primó el valor simbólico de las piedras sobre el valor del libro.

Releo lo escrito hasta aquí y me pregunto qué sentido tiene conmemorar lo que no ha sucedido, las ilusiones polvorientas, los proyectos frenados por quienes debían acelerarlos. Quizás no tenga mucho, me digo. O quizás sea lo propio del país: quizás dentro de diez años otros conmemoren la inexistencia de todas esas estructuras de Estado, haciendas propias y redes diplomáticas a cuya creación dedica hoy sus mejores esfuerzos el gobierno catalán. Veremos.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 22 de febrero de 2015)