No hubo consensos de progreso en la cumbre del clima de Madrid, clausurada el pasado domingo. A última hora se apañó un acuerdo de mínimos, que señala la necesidad de adoptar medidas contra el calentamiento global. Loable propósito, sin duda. Pero considerando que el objetivo era regular el mercado de emisiones de carbono, podemos afirmar que la cumbre fracasó. Fue como una reunión de bebedores que se citan para acordar su ingreso en Alcohólicos Anónimos y, después de trasegar unas copas, coinciden en la necesidad de tomar medidas para dejar de darle al frasco... y piden otra ronda.
Lo cual no significa que la cumbre haya sido un erial informativo. En ella ha aflorado y ha ganado fuerza un fenómeno que puede afectar, y no poco, a nuestra sociedad: la división entre jóvenes y adultos. La activista adolescente Greta Thunberg ha pronunciado sus arengas en un tono de reproche de los  jóvenes a los mayores, marcando distancias, afeándoles la conducta, enfrentándose a ellos y denunciando su desidia cómplice ante el deterioro del planeta. Lo cual es más que comprensible, porque serán ellos, los jóvenes, quienes deberán sobrevivir en un mundo recalentado, con la atmósfera envenenada, los polos fundidos y el mar comiéndose las playas y avanzando tierra adentro.
En realidad, ese enfrentamiento tampoco es nuevo. Antes que en el ámbito medioambiental se había expresado ya en el económico. La generación que llamó a las puertas del mercado laboral al inicio de la crisis tiene en sus filas un alto porcentaje de víctimas de la precariedad. Es decir, del paro juvenil, el empleo a tiempo parcial, la imposibilidad de construir una carrera laboral y de beneficiarse algún día lejano del recesivo sistema de pensiones. Esto ya perfiló una división generacional de la sociedad: a un lado, los instalados en el sistema, la mayoría adultos; al otro, los excluidos, en buena parte jóvenes.
La sociedad siempre se ha dividido en  la lucha por el poder, ya fuera atendiendo a razones de cuna, económicas, territoriales o ideológicas que han originado no pocos conflictos, con sus correspondientes escabechinas. Pero esta nueva fractura por edad, que despunta con fuerza, es quizás la que presenta mayor potencial divisorio, después de la que se funda en cuestiones de género y conceptúa como rivales o enemigos a hombres y mujeres.
Esas son divisiones con mucho futuro. Pero no las únicas. De hecho, vivimos una temporada particularmente fértil para la división. Mientras la cumbre del clima naufragaba en Madrid, los británicos elegían a Boris Johnson para que materialice sin dilación la ruptura del Brexit, que quizás tenga como consecuencia posterior la fractura del Reino Unido –el Partido Nacional Escocés obtuvo grandes resultados y aspira a un nuevo referéndum–, y que desde luego es ya el más claro paradigma de la desunión política dentro de la llamada Unión Europea. Entretanto, en nuestra pequeña aldea, se ralentizaba el diálogo ERC-PSOE; se iba fosilizando un poco más el desencuentro entre independentistas y no independentistas; o entre partidarios del tsunami y del clima mediterráneo (que es algo más benigno); o entre ERC y JxCat; y no digamos en el seno del PDECat, que experimenta un proceso de atomización constante muy prometedor. 
Me cuesta entender y apreciar este auge de la división. La pluralidad y la diversidad son necesarias y enriquecedoras, entre otros motivos porque obligan a dialogar y transaccionar con los demás. Pero la división es otra cosa. Dividir es partir algo en varios pedazos, cosa raramente productiva, salvo si median pasteles o herencias. Dividir es cortar, romper, quebrar, atomizar, pulverizar o incluso segregar. La división no es la mejor operación aritmética, suele preferirse la suma, y si se tercia, la multiplicación. Dividir es introducir la discordia entre personas o comunidades; es enfrentarse,   enemistarse. Y, sin embargo, en eso estamos, dividiendo y dividiendo, camino de una taxonomía infinita e inabarcable de grupos y grupitos sociales; rumbo a las familias unipersonales o –los que aspiran a nota– hacia la esquizofrenia y la escisión interna, grado superior pero acaso no último de la división.
Si la unión –como se decía en mi juventud– hace la fuerza, ¿qué hace la división? ¿Tanto nos conviene que avance? ¿No sería más productivo evitar su propagación? Les dejo en compañía de estas preguntas. Y con mis deseos de una feliz Navidad, que quizás pasen solos quienes priorizan evitar a la suegra o los cuñados. Es decir, esos parientes a menudo denostados como agentes del incordio y de la pesadez, pero que en mi caso particular –discúlpenme por llevar la contraria en fechas de concordia tan señaladas– son personas sensatas y amables con las que apetece reunirse, y no sólo en Navidad.

(Publicado en "La Vanguardia" el 22 de diciembre de 2019)