Hablar o… pegarse

13.04.2014 | Opinión

Diputados comunistas y del partido ultranacionalista Svoboda forcejean durante una sesión parlamentaria en la Rada, en Kíev. Esto es lo que decía, eufemísticamente, un pie de foto publicado en este diario el miércoles. Pero mirando con atención la imagen, uno veía más. Uno veía a un diputado regordete e impetuoso atizándole un puñetazo en la mandíbula a otro, que cerraba los ojos y apartaba el rostro (demasiado tarde), mientras a su vez lanzaba un derechazo (perdido en el aire) contra un tercer diputado, quien se disponía también a propinarle un zurdazo… Estos padres de la patria estaban rodeados por varios colegas, mofletudos y sonrosados como si alguna vez hubieran sucumbido a la tentación del vodka, que se sujetaban mutuamente, no se sabe si para poner orden e impedir que la pelea se generalizara convirtiendo la Rada en un gran ring, o para lo contrario, para sumarse a la riña.

Hay en el mundo parlamentos que no cumplen debidamente su función principal. Como su nombre indica, el parlamento es la cámara donde los representantes populares parlamentan; es decir, donde hablan o conversan para resolver diferencias y alcanzar acuerdos que regulen la vida en común. Ahora bien, es sabido que una cosa es el nombre y otra la cosa que lo recibe. Y el parlamentarismo deja a menudo que desear, ya sea por incompetencia, ingenuidad, torpeza verbal o idiomática, inmovilismo, error de cálculo, miopía histórica, soberbia, partidismo cerril, afición al rodillo de la mayoría, mala fe o, simplemente, por pura estupidez política de los parlamentarios. Muchos parlamentos han renunciado a ser la tribuna en la que los líderes rivalizan en inteligencia, coraje cívico y elocuencia para convertirse en un gris funcionariado donde se balbucean consignas tediosas una y otra vez hasta ahuyentar a la audiencia (tanto la del hemiciclo como la que sigue la sesión desde casa).

No hace falta irse a Ucrania para comprobarlo: esta semana el debate del Congreso sobre la cuestión catalana fue ante todo un decepcionante festival de monólogos, un diálogo de sordos para el olvido, un despliegue de dignidades ofendidas y de altos principios convertidos en corsés. Todo ello veteado, eso sí, con alguna invitación al diálogo, oportuna pero indicativa de lo atrasados que se llevan los trabajos. Porque pedir diálogo en un Parlamento debería ser tan redundante como pedir que se jugara a fútbol en un estadio o que se bailara en una discoteca o que se comiera en un restaurante. Uno no va a esos lugares a decir lo que debería hacer, sino a hacerlo. No es preciso extenderse argumentando la frase anterior. Pero quizás lo sea recordar que si no se hace lo debido cuando toca, los ánimos se encrespan y la situación puede deteriorarse (aún más). A ver: ¿por qué se pegan en el Parlamento de Ucrania? Pues porque eso saben hacerlo, pero hablar y pactar, no. Atentos, pues: tras el tedio puede llegar la furia.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 13 de abril de 2014)