Gente de Barcelona y de más allá

27.12.2015 | Opinión

Todo gobierno tiene sus prioridades. También el de Barcelona, que en manos de BComú dice trabajar para primar los programas sociales, equilibrar los barrios y mandar con y para “la gente”. Todo gobierno llega con promesas de cambio y mejora, pero no opera en el vacío: se inscribe en un relato histórico, y aunque afirme poder superar sus carencias, debe sacar partido de los logros que hereda. Aunque, al hacerlo, atienda algo más que a su prioridad.

Ada Colau fue investida alcaldesa hace ya siete meses, gracias al PSC y a ERC. Desde entonces, el consistorio ha decretado una moratoria turística, ha socorrido a los desfavorecidos con cargo al superávit municipal, ha exhibido un liberal laissez faire en la vía pública y cierto populismo. Además, ha revisado los contratos de sus predecesores con rigorismo paralizante. Y ha expresado su poco interés –o su aversión– por la “marca Barcelona” (debido a un exceso de branding), y también por el modelo Barcelona de transformación urbana y arquitectónica, de prestigio global tras la aventura olímpica. Según BComú, ambos estarían definitivamente maleados por la codicia de los grandes inversores. Por tanto, deberían ser desmantelados y sustituidos por una política de control y transparencia, que ha propiciado ya denuncias por “presuntas irregularidades” y un generalizado manto de sospecha sobre los consistorios anteriores.

Habrá que esperar para ver el alcance de esas “irregularidades”. (Y el de las políticas de control). Pero es ya hora de decir alto y claro que presentar el capital urbanístico y arquitectónico de Barcelona en el mundo como una rémora, y no digamos dilapidarlo, es una insensatez. Hace falta mucho talento para ganarlo y muy poco para perderlo.

Llama la atención, en esta línea, el abandono que sufren desde mayo tres de los mejores instrumentos de Barcelona para cultivar su saber urbanístico: Barcelona Regional, la Fundación Mies van der Rohe y la figura del arquitecto jefe de la ciudad.

Barcelona Regional (BR), la agencia pública creada para el planeamiento estratégico del Área Metropolitana, ha tratado en los últimos años de responder a las varias peticiones de ayuda recibidas de ciudades lejanas que veían en el know-how de la nuestra una garantía para sus planes de desarrollo. Esto se concretó, por ejemplo, en la firma de contratos para preparar y tutelar el Plan Estratégico de Río de Janeiro, el Plan Urbanístico Metropolitano de Lima-Callao, el de Fortaleza y otros.

Alguna de estas operaciones anunciaba buenos frutos. Pero el actual consistorio no parece querer continuarlas, pese a que contaban con apoyos de entidades como el Banco Mundial, y habían echado a andar. Es más, está buscando la vía jurídica para desvincularse. Dice que BR no está formalmente autorizada para acometerlas. Es posible. Si así fuera, lo lógico sería que el Ayuntamiento hallara fórmulas alternativas. No que desistiera. Pero todo indica que a eso va. En julio encargó auditorías y propició la salida del director de BR. Su sustituto no se incorporará hasta enero.

En la Fundación Mies van der Rohe, que con la Unión Europea (UE) concede el principal premio arquitectónico de Europa, BComú fue más expeditiva aún. Su última directora, que en tres años refrescó la institución y tendió más puentes internacionales, fue despedida de saque. Su cargo sigue todavía vacante. La nave del premio lleva meses sin piloto. Como si su convenio con la UE fuera irrevocable.

La figura del arquitecto jefe, responsable último del urbanismo y la arquitectura barceloneses, ha corrido similar suerte. El Ayuntamiento no ha creído prioritario elegir uno. De hecho, no fue hasta el pasado día 15 que el Diari Oficial de la Generalitat publicó la convocatoria de la plaza de director de Model Urbà de la Gerència de Ecología Urbana, que en el nuevo organigrama equivale a la de arquitecto jefe.

Esta última demora es inexplicable. La Barcelona apreciada en el mundo, pese a sus problemas de crecimiento, es en buena medida obra de ingenieros y arquitectos que la reinventaron. Por ejemplo, Ildefons Cerdà –de cuyo nacimiento se han cumplido esta semana dos siglos–, que dibujó una trama urbana aún funcional. O bien Oriol Bohigas –homenajeado en el CCCB el pasado día 14–, que en los años 80 timoneó el urbanismo local, a veces cual déspota ilustrado, pero con efectos positivos para todos.

Cerdà y Bohigas eran progresistas. Y competentes en su materia. Tenían además un proyecto urbano en la cabeza, que triunfó y puso a Barcelona donde está. No está claro que el actual Ayuntamiento tenga el suyo. Desea, ante todo, gobernar para “la gente”, lo cual es plausible… Siempre y cuando se base en un esquema de desarrollo para toda la urbe. Siempre y cuando esa “gente” englobe a todos los barceloneses y no sólo a la cuarta parte que votaron a Colau. Siempre y cuando se considere que el compromiso de Barcelona con la gente, en la era global, no termina en los barrios de la ciudad, sino en los de otras lejanas que confían en nuestra ayuda para avanzar.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 27 de diciembre de 2015)