Genes indeseables

07.12.2014 | Opinión

Qué tienen en la cabeza unos hinchas capaces de citarse temprano el domingo (con lo bien que se está en la cama) para zurrarse con barras metálicas, mobiliario de terraza de bar, cuchillos y botellas de cerveza? ¿Qué les impulsa a atizarse hasta descalabrar a alguien, echarle al río y matarle?

La sociedad se hizo estas preguntas siete días atrás, al enterarse de que un hincha del Deportivo había palmado por este procedimiento a orillas del Manzanares. Le apodaban “Jimmy” o “Abuelo” (porque era uno de los más recalcitrantes de su banda), tenía el rostro consumido y acumulaba en pocos años una docena de detenciones por malos tratos, tráfico de drogas, robo, peleas y demás. Él fue la víctima mortal de la trifulca. Pero podía haber sido cualquiera de los doscientos energúmenos que la armaron.

En busca de respuesta a tales preguntas he revisado la lista de grupos ultras de Primera División. Y he advertido que –salvo la peña del finado, Riazor Blues, que evoca melancolías galaicas– la mayoría tienen nombres relacionados con el extremismo o la milicia. Hay tres Ultras (Real Madrid, Valencia y Levante), dos Brigadas (Blanquiazules y Blanquiverdes), unos Comandos (Getafe) y un Frente (Atlético). Pero hay también grupos que exhiben su querencia por lo ilegal, como los Bukaneros del Rayo o los Celtarras (fusión de Celta y etarra, intuyo). Los hay como los Boixos Nois, del Barça, que admiten estar locos, ya sea por orgullo o en pos de atenuantes para sus desmanes. Y los hay que van al grano y reconocen que lo prioritario es pillarla: la llamada Sección Kolokón, que reúne a lo más selecto de la afición del Granada.

De manera que ya podemos hacernos una idea de lo que tienen en la cabeza o, mejor dicho, en su cuadro genético, estos amantes de la bronca: un gen sectario e intolerante; un gen soldadesco (de cuando la plebe era educada para matar a los del país vecino, y que ahora, a falta de guerras, alborota en las gradas); un gen asocial o directamente delictivo; un gen irresponsable; y, por último, un gen hedonista. En suma, cinco genes indeseables, excepto el último, si no fuera porque en este caso el alcohol y las drogas no se emplean con fines recreativos sino como combustible para la violencia.

A raíz de esta tragedia, hemos asistido a mucho rasgamiento de vestiduras de prohombres del deporte, y hemos oído a portavoces de clubs anunciando, ufanos, medidas correctoras (que deberían haber tomado tiempo atrás). Creo que llevaban razón. Porque matarse de este modo es muy feo. Y porque hacerlo en los estadios o en la vía pública, que deberían ser los espacios de la convivencia, todavía lo es más. Otra cosa sería que se mataran en privado, como en las peleas de gallos clandestinas. En tal caso quizás aparecerían cínicos capaces de subrayar un hipotético aspecto positivo de este tipo de sucesos; por ejemplo, que en ellos los vándalos se van liquidando entre sí.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 7 de diciembre de 2014)