Gafas Cézanne

02.08.2015 | Opinión

Séneca decía que en la juventud hay que aprender a vivir y, en la vejez, hay que aprender a morir. En términos generales, no seré yo quien le enmiende la plana. Pero en nuestro tiempo, que es el de la multitarea, uno puede dedicarse ya a más de una cosa a la vez, incluso cuando peina canas. De manera que en la fase de madurez vital cabe permitirse también alguna novedad, algún descubrimiento, alguna alegría, además de prepararse el entierro.

A resultas de un cambio de graduación, me he visto obligado a renovar mis gafas. También las de sol. Y he optado por unas de cristal verdoso, muy polarizado. El resultado, especialmente en días veraniegos de gran insolación, es espectacular. El paisaje se ha convertido en un festival. Los colores de la naturaleza ganan en intensidad y definición, aproximando su cromatismo a la paleta con la que Cézanne inmortalizó sus ­queridos paisajes de L’Estaque. Las masas boscosas adquieren ahora a mis ojos un verde subido, los campos recién segados son de un amarillo al tiempo pálido y brillante, y el mar, a lo lejos, oscila entre el añil y el azul cobalto. El entorno asume pues una coloración intensa, poderosa, electrizante. Diría que casi cualquier paisaje, incluidos los que tienen un ­interés relativo, adquiere empaque digno de cuadro… Por el contrario, al prescindir de las gafas, vuelvo a percibir unos tonos más apastelados y sosos, que quizás sean los auténticos, pero que impulsan a ponerse las gafas de nuevo, inmediatamente.

Algunos seres humanos tendemos al exceso. De manera que, tras disfrutar de la experiencia cézanniana, pensé en que podrían fabricarse gafas para ver la realidad, pongamos por caso, como la veía Matisse al pintar sus intensos interiores rojos, o como la veía el Rothko de los campos de color, por hablar de otros dos pintores ya clásicos y de otras dos líneas de trabajo que me parecen sin duda apreciables.

Pero está claro que no sería lo mismo. Con unas hipotéticas gafas Matisse, vería un universo sanguinolento y saturado, como si tuviera un derrame en el globo ocular. Y con unas gafas Rothko, me enfrentaría a un ámbito inestable, en el que se bascula desde lo deslumbrante hasta lo apagado, y viceversa, sin variaciones formales dignas de mención.

Lejos de mi intención llevarle la contraria a Séneca. Escribió sus cosas hace dos mil años y todavía las leemos con gran provecho. Pero, puestos a matizar, quizás me atrevería a parafrasearle ahora diciendo que en la juventud hay que estar dispuesto a experimentar y, en la madurez, además de prepararse para el final, conviene seguir activo y, a la vez, moderar los impulsos. Sin ir más lejos, yo me lo estoy pasando de miedo con las gafas Cézanne, que aumentan la viveza cromática de lo que me rodea, sin ­desnaturalizarlo. Y con eso, y sin necesidad de pedir mucho más, ya me doy por satisfecho.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 2 de agosto de 2015)