Algunos días me levanto con mal cuerpo tras soñar que soy un fascista. No visto camisa negra ni azul ni verde, no ciño correajes, no levanto el mentón ni me agarro al atril de la tribuna de oradores para adoctrinar a la masa sobre las virtudes del fascio. Pero da igual, porque ya casi todo el mundo puede recibir el calificativo fascista, sin importar sus ideas ni su voto.
Carles Riera, diputado de la CUP, saludó el ascenso de Pablo Casado a la jefatura del PP con estas sutiles palabras: “Es un fascista que preside un partido fascista”. El joven líder conservador, y sin embargo inmoderado, no acepta el adjetivo fas­cista, pero también lo reparte con más ­soltura que propiedad: “Fascistas –tuiteó– son los que queman constituciones y banderas (…) El independentismo es xenófobo, supremacista y totalitario”.
Hace tiempo que la dirigencia soberanista denigra al Estado español, al que presenta como una democracia putrefacta, en fase de siniestro total y, ya puestos, fascista. Al expatriado Puigdemont le gusta afearle al Estado su supuesto fascismo. Y su vicario Torra ha publicado, entre otros, el artículo Com un sol poble contra el feixisme (título poco prometedor, porque ni Catalunya es un solo pueblo ni está enfrentada al fascismo). En su texto, Torra empleaba hasta doce veces el concepto fascismo, que a su entender asuela nuestras urbes, porque algunos ciudadanos gallean más de la cuenta al retirar los lazos amarillos que otros anudan sin tregua.
Al parecer hay fascistas a tutiplén. Nadie escapa a esta descalificación multiuso. Ni siquiera los que se sitúan en el centroizquierda o en la izquierda. El republicano Joan Tardà, que suele medir sus palabras, tildó a los socialistas de fachas –coloquialmente, fascistas– en el Congreso (aunque luego se disculpó). Y a la alcaldesa de Barcelona le dedicaron días atrás una pintada sobre la venerable fachada de Santa Maria del Mar que rezaba “Colau fascista”. El hecho de que los autores del desaguisado no fueran ya políticos a la greña sino miembros del gremio de restauradores disconformes con la política municipal sobre terrazas corrobora, de modo inapelable, la banalización del calificativo fascista. Hay más: el fascismo se ha convertido en el eje de un binarismo simplista, que pretende dividir la sociedad en dos bandos, cosa siempre absurda, y en esta ocasión además ridícula, porque ambos bandos se igualan al atribuirse mutuamente la etiqueta de fascista. Tanta exageración conceptual, tanta indigencia léxica, tanta inconsistencia y tanta pereza políticas producen vergüenza ajena. Demasiados bípedos se atreven ya a demo­nizar a todo quisque atribuyéndole cierto grado de fascismo. Una amiga que el 12 de octubre, ante la profusión de manifes­taciones, le preguntó a un guardia urba- no por la naturaleza de dos marchas enfrentadas recibió la siguiente respuesta, rebosante de sabiduría:  “Aquellos son los ‘facistas’. Los de más allá no son tan ‘fa­cistas’”.
¿Hay realmente tal cantidad de fascistas? ¿O es que desde las trincheras políticas se recurre a esa descalificación sin mesura ni discernimiento, sólo para desacreditar a los de la trinchera de enfrente? Es esto último. Porque fascista se ha convertido en la descalificación máxima, equivalente a la tarjeta roja que expulsa al otro del terreno de juego democrático. Esto es lo que muchos quisieran: que con sólo tildar al oponente de fascista ya le viéramos irremediablemente estigmatizado y forzado a desaparecer del mapa, camino de Cádiz, por ejemplo, que es donde una expresidenta del Parlament, maltratando la dignidad del cargo, quiere enviar a la líder de la oposición... Desaparecer o, en su defecto, ­someterse al dictado de su ofensor: esas serían las opciones del dis­crepante.
Mussolini, fundador del genuino fascismo italiano, que era nacionalista y totalitario, y por tanto buen conocedor del paño, describió muy bien la naturaleza aniquiladora de su movimiento al decir: “El fascismo sólo acepta al individuo cuando su interés coincide con el del Estado”. 
En su reciente y brillante En defensa de la Ilustración, un ensayo cuyos tres primeros capítulos son subrayables de cabo a rabo, Steven Pinker enlaza razones en pro de la Ilustración, el movimiento que más ha hecho por la libertad de los humanos y  en contra de las tiranías. Quienes combaten la Ilustración –denuncia Pinker– piensan que las personas son células prescindibles de un superorganismo (tribu, religión, raza, clase, nación...) y que el bien supremo es la gloria de esa colectividad, en lugar del bienestar de las personas que la integran. Obviamente, es al revés. Y, además, llamarle hoy fascista a alguien ya dice más sobre las limitaciones intelectuales de quien pretende ofender que sobre el perfil real del ofendidoI.

(Publicado en "La Vanguardia" el 28 de octubre de 2018)