Fascista y algo más

30.08.2015 | Opinión

Un día de agosto de 1965, Le Corbusier salió de su cabanon en Roquebrune-Cap-Martin, bajó hasta la orilla mediterránea y decidió nadar un rato. Esa fue su última decisión. Poco después, unos pescadores hallaron su cuerpo sin vida.

El jueves se cumplió medio siglo de aquel suceso. Las efemérides suelen dar pie, cuando la ocasión lo merece (y alguien afloja un dinerito), a conmemoraciones en forma de muestras, libros, etcétera. En el caso del arquitecto suizo también ha sido así. El Centro Pompidou le ha dedicado la exposición Las medidas del hombre. Y en las librerías, sobre todo en las francesas, se han puesto a la venta diversos ensayos sobre su vida y obra.

Entre estos últimos, han hecho mucho ruido los referidos a las conexiones fascistas de Le Corbusier, relegando aspectos más elevados de su trayectoria. Nada nuevo, por cierto. Era ya sabido que tuvo contactos con el partido Le Faisceau en los años 20, que no le hizo excesivos ascos al régimen de Vichy en los cuarenta, y que soltó opiniones antisemitas. Pero cabe preguntarse, dado el relieve de Le Corbusier –que con Mies, Wright, Aalto y Kahn forma el gran quinteto de la arquitectura del siglo XX–, si eso basta para priorizar el lado gris de su vida.

Sin ánimo de silenciar esas filias políticas, y menos de aplaudirlas, diría que, puestos a conmemorar, es más productivo fijarse en lo mejor que nos dejó el finado; es decir, en edificios como la Ville Savoie, Ronchamp o la Unité d’Habitation, auténticas obras maestras que, a diferencia de las del Louvre, pueden disfrutarse sin aglomeraciones, con tranquilidad.

En tanto que ciudadanos, los arquitectos tienen las mismas obligaciones cívicas que el resto. Pero es un hecho que el ansia constructora se impone a menudo sobre su ideario. Philip Johnson ejerció como pontífice de la arquitectura norteamericana en la segunda mitad del siglo XX tras exhibir afinidades nazis en la primera. A medio camino entre Le Faisceau y Vichy, en 1931, el propio Le Corbusier no dudó en postularse para construir el Palacio de los Soviets en Moscú. Buena parte de los grandes arquitectos de hoy, incluidos Foster o Herzog & De Meuron, han construido para regímenes como el kazajo o el chino, cuyo sistema de libertades deja mucho que desear.

Abriendo foco, añadiré que la fama no siempre es hoy consecuencia de una valiosa aportación personal a la colectividad. Cada día más, es algo que se labra a base de instintos primarios y chalaneo mediático. Y eso se logra ya, literalmente, enseñando el culo. Es por ello que algunos programas televisivos viven de destruir prestigios sin base. Su virus es muy contagioso. Se ha extendido la afición a disparar contra todo aquel que tiene un nombre. Aunque sea alguien como Le Corbusier, que además de equivocarse de amigos, y según sintetiza William Curtis en su monumental Ideas and Forms (Phaidon), “cambió los conceptos básicos de su disciplina artística”.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 30 de agosto de 2015)