Esto es lo que hay

31.05.2015 | Opinión

Sentados alrededor de una mesa bien surtida, un amigo castellano me dice que preste atención porque va a enunciar los tres principios filosóficos que, a tenor de lo que ha oído por ahí, rigen la vida en nuestros días. Y, a continuación, me ilustra así:

–Primero: esto es lo que hay. Segundo: es lo que tiene. Tercero: ya te digo.

Pese al deje irónico de sus palabras, y en atención al respeto que siempre me han inspirado los códigos filosóficos capaces de orientar –o pautar– una existencia, decido analizar estos tres. También yo los he oído con frecuencia, a manera de coda de una frase, aparente-mente suntuaria, gratuita incluso, pero cuya reiteración da qué pensar.

Empiezo por “Esto es lo que hay”. He aquí una frase de aliento descriptivo, que suele pronunciarse tras exponer una situación, por lo general insatisfactoria. Puede aludir a lo que, efectivamente, hay o sucede, a la situación que nos ha caído en suerte. Pero puede referirse también elípticamente a aquello de lo que nuestra realidad carece, a sus limitaciones. Por ejemplo, cuando se utiliza para exponer unos planes de vacaciones:

–Nos gustaría ir a Kenia todo el mes de junio. Pero iremos a Oropesa, a casa del suegro, la segunda semana de agosto. Esto es lo que hay.

Sigo con “Es lo que tiene”. En uno de sus mejores chistes gráficos, el francés Sempé dibujó a una pareja –él, pequeño y apocado; ella, con sobrepeso y cara de pocos amigos– a bordo de un bote que hacía aguas y estaba equipado con un único salvavidas. Al pie de la imagen, ahí donde a veces se lee “Sin palabras”, Sempé había escrito: “Nada es simple y todo se complica”. Pues bien, el principio filosófico “Es lo que tiene” va por ahí. Cuando usamos esta frase sugerimos que lo que acabamos de describir, además de no ser agradable, tiene incómodas consecuencias. Pronunciarla equivale a aceptar las condiciones del presente y a obedecer su ley. A darlas por buenas, puesto que no se sabe cómo cambiarlas.

Y acabo con “Ya te digo”, expresión que se usa para remachar lo previamente dicho, y cuyos efectos son los de una segunda vuelta de tuerca sobre la realidad (que se suma a la primera vuelta, dada previamente por la propia realidad de los hechos). O sea, “Ya te digo” es una especie de certificado verbal de lo que ocurre, cuyo emisor intenta capitalizarlo parcialmente, dándoselas de fiable o de tipo listo, aunque lo ocurrido escape a sus poderes o sea de nulo interés para quien le escucha. En ocasiones, un último clavo sobre la tapa del ataúd, clavado por su propio ocupante.

Revisados estos tres principios me doy cuenta de que son una versión castiza de la clásica receta estoica: soporta y renuncia. Pero, a diferencia de la máxima atribuida a Epícteto, ya no nos guían por la senda de la virtud y de la búsqueda de la felicidad, sino por la de la resignación y el acatamiento. Esto es lo que hay. Es lo que tiene. Ya te digo.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 31 de mayo de 2015)