Mientras los muchos catalanes hartos del confinamiento han planeado durante las últimas semanas sus vacaciones estivales –que este año llegan con un renovado perfume de libertad–, los pocos catalanes que manejan la Assemblea Nacional Catalana (ANC) las han dedicado a perfilar el Onze de Setembre.
La Diada de este año no se anuncia tan ruidosa como las anteriores. Por varias razones. Primero fue la pandemia, que obligó a la ANC a olvidarse de la gran concentración que paraliza Barcelona cada año. En su lugar prevé una Diada descentralizada, con menor riesgo de contagio. Luego fueron las elecciones en esta entidad, que re­validaron a la presidenta Paluzie, pero revelaron que el compañero Canadell, al que la ANC propulsó en su asalto a la presidencia de la Cambra de Comerç, ha salido respondón: presentó su propia candidata a dirigir la Assemblea, lo que soliviantó a Paluzie. (Va a ser verdad que el virus de la división, que ha colonizado ya el Govern hasta convertirse en su gran rasgo identitario, se expande por todo el orbe indepe)… Y a la pandemia y las elecciones hay que añadirles las demoras de ellas derivadas: la ANC se ha retrasado en la redacción del lema de la próxima Diada y en la elección del color de las camisetas con las que uniforma –y saca unos cuartos– a su tropa.
Redactar un lema y diseñar una camiseta no son, a primera vista, grandes retos. Pero para la ANC resultan cruciales, ya que sus manifestantes los esperan con ilusión. Porque sin un nuevo lema para co-rear y sin una nueva camiseta que vestir la mani de este año se parecería demasiado a la del anterior. Lema y camiseta son algo parecido al carburante de los manifestantes. De la misma manera que los propios manifestantes, al juntarse en número elevado, sirven de carburante a la ANC para luego presionar a los partidos políticos, y exigirles a estos que presionen al Estado.
Mejor dicho, elegir un color no es un gran reto, y menos si se hace con el criterio chillón de los últimos Onze de Setembre. Pero elegir un lema, cuando nos acercamos ya al décimo aniversario de la Diada del 2012 con la que la ANC arrancó el procés, y estando como estábamos, o peor, no debe de ser sencillo. ¿Cómo recargarle la pila a los fieles tras tantos años yermos? En sucesivas ediciones del Onze de Setembre les han hecho vocear que la hora había llegado. O que había vía libre. O que todo estaba a punto para la república catalana. O que era el momento de hacer la república. Etcétera. Y luego, nada. La ANC lleva casi un decenio tensionando la sociedad catalana, con resultados que cabría calificar de nulos, si no fuera porque son negativos. Lo son para la ANC, que no alcanza sus objetivos. Y lo son para el conjunto de la sociedad catalana, a la que se quiere centrada en este objetivo político, que es únicamente el de una parte de ella.
En este camino estéril, tras tanta inversión sin dividendo, el procés naufragó. Sus pilotos acabaron en Waterloo o en la cárcel (aunque no ha pasado un año de la sentencia y algunos presos ya casi pasan más tiempo fuera que dentro, de lo que me alegro). Lo cual es otra prueba de su fracaso. Y no solo eso. Representantes de los principales partidos indepes se sientan a la mesa negociadora con el Gobierno estatal. La epidemia ha trastocado las prioridades sociales. Y proliferan en los medios los artículos de plumas indepes de indudable pedigrí contrarios a la obstinación incorregible que define a la ANC.
Da igual. Estas manifestaciones de la realidad tienen escaso valor para la ANC, anclada en su declaración de principios. Una declaración fundada en falsedades –solo hay dos salidas: la integración definitiva en España o el proceso hacia el Estado propio–, exageraciones –sufrimos un proceso de destrucción económica y genocidio cultural–, confusiones de la parte por el todo –la población catalana está cansada por los déficits de representación–, y una hoja de ruta muy parecida a la que ya siguió el Govern hasta chocar con el iceberg estatal e irse a pique en el 2017.
Ante estos hechos, otros menos contumaces optarían por un cambio de rumbo o de estrategia o de tono. La ANC no. Sigue en fase de iluminación y preferiría repetir el proceso una y otra vez. Entre tanto, se ha erigido además en custodia de la unilateralidad ya fracasada y de una unidad inexistente. También en fiscalizadora de la acción del Govern y de la de los partidos, a los que azuza y acusa ahora de decepcionar a la gente, omitiendo recordar que son formaciones votadas, a diferencia de la ANC, que no pasa por las urnas y abona un populismo preocupante.
La afiliación de la ANC conoció épocas mejores. Pero ni así deja de dar la tabarra. Porque según su declaración fundacional, solo se disolverá si se alcanzan sus objetivos nacionales. Y cabe la posibilidad de que eso no llegue a ocurrir nunca.

(Publicado en "La Vanguardia" el 19 de julio de 2020)