Esencia de revolución

05.10.2014 | Opinión

He seguido con atención los casos “Ernesto” y “Hugo”: el intento de la firma estatal cubana Labiofam de bautizar con los nombres del Che y de Chávez sendos perfumes para hombre. El primero proponía una “fragancia cítrica y extractos de madera, con notas de talco que le dan expresión de masculinidad”. El segundo, “esencias frutales, con toques de mango y papaya, y elementos de roble, que le da el sentido varonil”.

Labiofam trabajó año y medio en este proyecto. Hasta que el jueves 25 presentó los prototipos, con sus correspondientes recipientes y etiquetas. Pero, pasadas veinticuatro horas, llegó la autoridad y mandó parar. En una nota oficial se hablaba de “acción irresponsable”, “grave error”, “medidas disciplinarias” e intocables “símbolos sagrados”.

El sudor frío perló entonces las espaldas de los jefes de Labiofam, pillados en un inédito episodio desviacionista. Entre ellos, su director, José Antonio Fraga Castro, por cierto sobrino de Fidel, que se apresuró a enviar cartas de disculpa a los familiares del Che y de Chávez. Estas misivas encabezan ahora la web de Labiofam, como si fueran el mejor producto de esta empresa dedicada también a la fabricación de vacunas veterinarias o larvicidas. En ellas, Fraga Castro cargaba el muerto al investigador Valdés Rodríguez. Y aseguraba que nunca jamás otro “símbolo de la historia será utilizado con fines superficiales, comerciales y de lucro”. Primera enseñanza del caso: la revolución cubana es permanente –va ya por su año 56– pero no cambia.

¡Qué difícil lo tienen los emprendedores en Cuba! En los países occidentales, cualquier aprendiz de marketing sabe que dar el nombre de una celebridad a un perfume equivale a forrarse. Colonias con el nombre de Paris Hilton, Rihanna o Britney Spears están relegando a los perfumes de toda la vida. Cuesta creerlo, pero son legión las jovencitas que querrían parecerse a estas divas de moda, y que no contentas con tal error, cometen el de pensar que pagando por sus potingues van a parecerse a ellas. Santa inocencia.

El primer razonamiento de Labiofam era, por tanto, acertado: tengo una celebridad –barbuda o con cara de pan, sí, pero celebridad al fin– y le voy a sacar unos dineritos, que buena falta nos hacen en la isla. Ahora bien, otra cosa sería el “target” de su campaña. Ese aspecto quizás no se analizó suficientemente. Porque, vamos a ver, ¿qué hombres se iban a comprar frascos de “Ernesto” o de “Hugo”? ¿Los jóvenes cubanos que sobreviven con lo mínimo? ¿Los caraqueños subsidiados? ¿Los amigos del neoimperial Putin, que pueden bañarse en piscinas llenas del perfume más caro? ¿Los neoleninistas que van de “shopping” a Alcampo? No. Ninguno de ellos. Y aquí llega la otra enseñanza del caso: la celebridad es excelente materia prima para cualquier producto, pero de poco sirve invertir en ella si los compradores están sin blanca.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 5 de octubre de 2014)