Es más lo que nos une

17.08.2014 | Opinión

Entre los partidarios de que Catalunya siga asociada a España, particularmente entre los del sector buenista, se oye a menudo la frase que da título a esta nota. Dicha oración nos dice que, pese al desacuerdo fiscal y lingüístico, y pese al cainismo que adorna a los fundamentalistas de ambas orillas del Ebro, catalanes y españoles tienen mucho en común. Y nos dice también que las personas de buena voluntad, tanto si son de aquí como de allá, comparten lazos afectivos, rasgos de carácter y una historia común. Una historia no exenta de conflictos, desde luego, pero también con progresos colectivos nada desdeñables. Recordaremos, en este sentido, que algunas grandes naciones del Viejo Continente se han pasado siglos enzarzadas en rencillas fratricidas. Lo cual no impide que ahora converjan en el –lento, eso sí– proceso de unión europea, que tiene por locomotoras a Francia y Alemania, países que hace poco se llevaban, literalmente, a matar.

Como miembro de la mencionada corriente buenista, en concreto de su sector escéptico y desencantado, uno tendía a pensar que la frase del título era, en líneas generales, cierta. Pero ya no. Ahora, tras la devastadora confesión de Jordi Pujol, ya no diría que “tiendo a pensar”, sino que “estoy convencido”. O sea, que estoy convencido de que dicha frase ha ganado muchos enteros. Porque lo que ha logrado Pujol al admitir sus omisiones tributarias no ha sido, como pretendería, proteger a sus hijos chanchulleros. Eso sería, si se confirman los indicios, una misión tirando a imposible. Lo que ha conseguido el president desde su peana de patriarca nacional es dar a entender que los catalanes, a la hora de defraudar, no tienen nada que envidiar a nadie. Porque cuando el jefe de la tribu esconde capitales en Andorra y –mucho más grave– cuando desde la cima de su magisterio moral permite a sus hijos (uno de ellos designado para sucederle al frente de su partido) que amasen fortunas como lo han hecho, el manto de oprobio se extiende, injustamente, sobre el conjunto del país.

De modo que sí, es más lo que nos une que lo que nos separa. Probablemente para lo bueno. Y sin duda para lo malo. Diré más: sospecho que sólo unidos, y con un coraje del que hasta ahora han carecido, podrían los partidos españoles (el que tenía amiguitos en Gürtel y manejaba con garbo la caja B; el de los ERE de Andalucía, etcétera) o catalanes (el del “sector negocis” y el impune Millet; el que colocó –pitorreo máximo– a un contrabandista como conseller de Governació, etcétera) pactar y acometer la tarea que muchos ciudadanos percibimos como prioritaria: sanear la política y liberarla de irregularidades y corrupciones. Cuanto antes lo hagan, mejor. Porque si no lo hacen es probable que las banderas agitadas, todavía ahora, como estandartes gloriosos se conviertan en sudario del sistema político que hemos conocido. Y los neoleninistas, en sus sepultureros.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 17 de agosto de 2014)